Antártica y la Piratería Imperialista Británica
"Es de esperar que la obsecuente y timorata cancillería chilena -tan enfática en criticar a Venezuela, Cuba o Argentina- ahora demuestre un poquito de patriotismo y dignidad asumiendo una postura firme en defensa del territorio antártico chileno."
Por Enrique Ruíz
La pretensión de soberanía sobre más de un millón de kilómetros cuadrados de la Antártica por parte de Inglaterra, demuestra la obscenidad de las superpotencias y la precariedad del sistema político internacional.
El actual orden internacional configurado asimétricamente por la alianza angloamericana detenta una hegemonía unipolar y unilateral sin contrapeso, que está llevando al planeta a un desfiladero. En el caso de la Antártica, el Reino Unido demuestra una vez más su histórico desprecio a los tratados internacionales, a los pactos de cooperación y a la paz misma.
Con la reciente reivindicación inglesa se vulnera el Tratado Antártico de 1959 y se ratifica la delirante voracidad de las superpotencias del G-8 por controlar los hasta ahora remotos enclaves energéticos del futuro. Según el diario británico The Guardian, tras la reclamación inglesa subyace un neoimperialismo que ya tuvo su etiqueta laborista con el vergonzoso apoyo dado por Tony Blair a la invasión ilegal a Irak en 2003. Con una ONU eficiente en retórica filantrópica por las hambrunas africanas en Sudán y el Cambio Climático, pero inoperante y circense en restringir la prepotencia militar de EEUU e Inglaterra, es bastante obscuro el futuro para el mundo.
Según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), conformado por los más prominentes científicos del mundo, si no se revierte el ritmo de emisión de dióxido de carbono a la atmósfera y su correlativo modelo de desarrollo humano, para el año 2100 la temperatura se elevará de 6 a 7 grados. Las consecuencias serán devastadoras para cientos de especies animales, vegetales y la humana misma, que entre otros efectos tendrá que encarar la escasez creciente de agua en todos los continentes. Anticipando un futuro plagado de incertidumbre llega la decisión inglesa de reclamar soberanía en un territorio tan remoto como desconocido. Aunque se sabe mediante prospecciones preliminares que el subsuelo antártico esconde inmensos recursos petrolíferos, de gas natural y minerales que aparte del agua, lo convierten en objetivo dentro del mapa mundial de la avaricia.
En medio de este panorama mundial, los históricos problemas limítrofes de Chile con sus vecinos parecen intrascendentes, especialmente cuando se configura un contexto de usurpación a gran escala como el que aflora hoy. Si en el siglo XIX el “Reparto de Africa” por parte del Colonialismo europeo apenas escandalizó a la Iglesia Católica y a algunos intelectuales altruistas; y siglos antes cuando la piratería imperialista comenzó a subyugar a Irlanda, la India y el Oriente Medio, la reacción progresista internacional llegó tarde de tal forma que de los estertores del Imperio Británico, luego se levantaría el actual delirio americano ( Eric Hobsbawm) y su depredadora política internacional.
Es de esperar que la obsecuente y timorata cancillería chilena -tan enfática en criticar a otros gobiernos como el de Venezuela, Cuba o Argentina- ahora demuestre un poquito de patriotismo y dignidad asumiendo una postura firme en defensa del territorio antártico chileno. Una postura como esta debería resituar la política exterior chilena bajo nuevos parámetros más ligados a la cooperación e integración latinoamericana más que al arribismo etnocultural pro anglosajón. Demasiado tiempo prendiendo velitas a EEUU y al Reino Unido, convirtieron al estado chileno en un genuino yanacona del siglo XXI.
La decisión británica de reclamar soberanía sobre tan inmenso territorio antártico es parte del neoimperialismo inglés, siempre presente y latente en Irak, Afganistán, Irlanda y Malvinas.
La pretensión de soberanía sobre más de un millón de kilómetros cuadrados de la Antártica por parte de Inglaterra, demuestra la obscenidad de las superpotencias y la precariedad del sistema político internacional.
El actual orden internacional configurado asimétricamente por la alianza angloamericana detenta una hegemonía unipolar y unilateral sin contrapeso, que está llevando al planeta a un desfiladero. En el caso de la Antártica, el Reino Unido demuestra una vez más su histórico desprecio a los tratados internacionales, a los pactos de cooperación y a la paz misma.
Con la reciente reivindicación inglesa se vulnera el Tratado Antártico de 1959 y se ratifica la delirante voracidad de las superpotencias del G-8 por controlar los hasta ahora remotos enclaves energéticos del futuro. Según el diario británico The Guardian, tras la reclamación inglesa subyace un neoimperialismo que ya tuvo su etiqueta laborista con el vergonzoso apoyo dado por Tony Blair a la invasión ilegal a Irak en 2003. Con una ONU eficiente en retórica filantrópica por las hambrunas africanas en Sudán y el Cambio Climático, pero inoperante y circense en restringir la prepotencia militar de EEUU e Inglaterra, es bastante obscuro el futuro para el mundo.
Según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), conformado por los más prominentes científicos del mundo, si no se revierte el ritmo de emisión de dióxido de carbono a la atmósfera y su correlativo modelo de desarrollo humano, para el año 2100 la temperatura se elevará de 6 a 7 grados. Las consecuencias serán devastadoras para cientos de especies animales, vegetales y la humana misma, que entre otros efectos tendrá que encarar la escasez creciente de agua en todos los continentes. Anticipando un futuro plagado de incertidumbre llega la decisión inglesa de reclamar soberanía en un territorio tan remoto como desconocido. Aunque se sabe mediante prospecciones preliminares que el subsuelo antártico esconde inmensos recursos petrolíferos, de gas natural y minerales que aparte del agua, lo convierten en objetivo dentro del mapa mundial de la avaricia.
En medio de este panorama mundial, los históricos problemas limítrofes de Chile con sus vecinos parecen intrascendentes, especialmente cuando se configura un contexto de usurpación a gran escala como el que aflora hoy. Si en el siglo XIX el “Reparto de Africa” por parte del Colonialismo europeo apenas escandalizó a la Iglesia Católica y a algunos intelectuales altruistas; y siglos antes cuando la piratería imperialista comenzó a subyugar a Irlanda, la India y el Oriente Medio, la reacción progresista internacional llegó tarde de tal forma que de los estertores del Imperio Británico, luego se levantaría el actual delirio americano ( Eric Hobsbawm) y su depredadora política internacional.
Es de esperar que la obsecuente y timorata cancillería chilena -tan enfática en criticar a otros gobiernos como el de Venezuela, Cuba o Argentina- ahora demuestre un poquito de patriotismo y dignidad asumiendo una postura firme en defensa del territorio antártico chileno. Una postura como esta debería resituar la política exterior chilena bajo nuevos parámetros más ligados a la cooperación e integración latinoamericana más que al arribismo etnocultural pro anglosajón. Demasiado tiempo prendiendo velitas a EEUU y al Reino Unido, convirtieron al estado chileno en un genuino yanacona del siglo XXI.
La decisión británica de reclamar soberanía sobre tan inmenso territorio antártico es parte del neoimperialismo inglés, siempre presente y latente en Irak, Afganistán, Irlanda y Malvinas.
FOTO: kolour_design
Sábado 20 de Octubre de 2007
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