"Denle de comer Ustedes Mismos"

El evangelio resalta que el milagro de Jesús no fue multiplicar los cinco panes y los dos pescados sino más bien suscitar que todos pongan en la mesa lo poco que tienen y lo compartan con los demás. Por Orlando Contreras sj.
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03 de Agosto, 2008 07:08

Los medios de comunicación social nos hacen más conscientes que nunca de una de las realidades más crueles de la humanidad en la actualidad: la muerte por hambre. Los datos de la FAO hablan de 820 millones de personas, principalmente niños, que lentamente mueren de hambre. Y esta cantidad, día a día, semana a semana y mes a mes, aumenta más y más. Lo peor de todo es que en el mundo hay alimentos para todos y de sobra.
La pregunta es ¿por qué habiendo tanto alimento hay regiones, particularmente en África, donde millones de seres humanos que pasan hambre y mueren de lo mismo? Esto solo se explica por la lógica del capitalismo imperante que es cruel e inhumano con los débiles. En efecto en los países donde sobran los alimentos éstos se almacenan y se botan porque es más rentable hacer esto que distribuirlo entre los que tienen hambre. Así de claro y de simple: A las grandes empresas trasnacionales simplemente no les conviene distribuir entre los pobres lo que a ellos les sobra porque bajarían sus utilidades.
Frente a esta realidad, que no es nueva en la historia de la humanidad, el evangelio de hoy (Mt.14,13-21) nos muestra a un Dios que, en Jesucristo, se conmueve hasta las entrañas contemplando a una multitud enferma de hambre, de desprecio, de humillación y carente de todo lo que dignifica su vida.
Frente a la misma realidad los discípulos piden a Jesús que despida a la multitud para que vayan en busca de su alimento. La respuesta de Jesús es clara y tajante: “no es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos”. Hoy en día esta actitud –la de los discípulos- se repite cuando en la bendición de los alimentos suele decirse: “gracias, Señor por los alimentos que nos da; te pedimos que des alimentos a los que carecen de él”. Como hace dos mil años la respuesta de Dios es: “No me pidan a mí lo que tienen que hacer Uds. Son Uds.quienes deben derles de comer”. La pregunta es ¿cómo hacer esto? Tan simple y sencillo como dejar la lógica del capitalismo -que tiene, como principio y fin, ganar y ganar sin importar el costo- para pasar a la lógica de la solidaridad.
El evangelio resalta que el milagro de Jesús no fue multiplicar los cinco panes y los dos pescados sino más bien suscitar que todos pongan en la mesa lo poco que tienen y lo compartan con los demás. El verdadero milagro es el de la solidaridad. Salir de mi afán por acaparar para pasar a compartir todo lo que tengo y soy con los demás.
La solidaridad que se necesita no es solo la espontánea -aquélla que nos brota inmediatamente cuando hay algún tipo de desgracia natural-; lo que se necesita es pasar de la solidaridad espontánea a la solidaridad como motor de la vida de modo que lleguemos a crear estructuras permanentes de solidaridad. Éste es el ejemplo que esta dando al mundo Mohamed Yunus, más conocido como “el banquero de los pobres”, creador de un banco de microcréditos para las clases más pobres, particularmente las mujeres.
En esta línea, y considerando a los millones de personas que sufren el hambre, el P. Arrupe, celebrando la Eucaristía, decía en su homilía que “si en algún lugar del mundo hay alguien muriendo de hambre, esta Eucaristía, en cierta forma, está incompleta; alimentarse del cuerpo y sangre de Jesucristo, sabiendo que hay miles de hombres y mujeres que no tienen que comer, no tiene otro sentido que salir de este templo a dar de comer a los que tienen hambre; ofrecerle al Señor los talentos que tenemos para aliviar los dolores de los demás; poner al servicio de los demás los estudios profesionales para que él los multiplique. Cuando todos hagamos esto entonces lo que hoy sobra se distribuirá con justicia y según las necesidades de todos; solo entonces los ricos dejarán de dormir angustiados porque en medio de la noche ya no escucharán el llanto de un niño que sufre de hambre o el ruido de alguien que entró en sus casas.

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