En el inmenso universo de los bailes religiosos que existen en Arica conviven también variados protagonistas, ya sea por la coreografía, los vistosos trajes, su devoción, su esfuerzo o su fe. Por René Véliz M.
A quienes de alguna manera somos extranjeros de esta cultura particular y ancestral del corazón nortino, no nos dejan indiferentes las múltiples manifestaciones del sincretismo heredado de nuestro pasado y presente territorial andino. Son muchas las festividades religiosas en la macrozona que movilizan y trasladan a miles de participantes activos y pasivos, literalmente con monos y petacas, moros y cristianos, vecinos, amigos, familias completas se organizan para llevar y mostrar el fruto de toda la dedicada preparación a lugares como La Tirana, Locumba, San Lorenzo en Tarapacá, Las Peñas en Livilcar o en nuestra ciudad, como ahora en la denominada
Tirana chica en la Parroquia de la Virgen del Carmen en calle Tucapel. Días y noches durante un fin de semana presentan sus respetos y rinden los honores a la celestial anfitriona que acepta la multiplicidad de lo ecléctico visual y acústico, de lo ostentoso y lo austero, de lo pausado y lo sincopado, de lo divino y de las otras cosas tan terrenales.
No es difícil entender entonces esta extraña comunión urbana, al parecer nadie se enoja con el ruido ensordecedor de bronces y tambores, fuegos de artificio y cánticos, tránsito vehicular suspendido, comercio ambulante ocasional, variopinto y profano ofreciendo comidas, bebidas, entretenimientos populares, vestuario y chucherias
made in china, todo eso y más en una amalgama de colorido y sentimiento en esta ciudad abierta, tolerante y singular, aquí no importa el color de la piel ni de dónde se procede socialmente, morenos, morenas, mestizos, mestizas, rubios y rubias se funden en un solo propósito; festejar, alabar y agradecer a la señora, a la madre, a la benefactora y protectora imagen de una Virgen, que con su manto de infinitud protege a todos sus hijos e hijas.
Tal vez fueron muchas o pocas palabras de introducción al respecto, pero más que decir
recomiendo sentir, escuchar, vivir esa atmósfera de fervor popular, lo mío era solo captar gráficamente a quienes son parte desde pequeñitos de esto, los que heredan y difundirán lo que en principio tal vez no comprenden, pero están allí junto a sus hermanos, sus primos, sus padres, sus tíos, abuelos, su barrio, su comunidad, dando los primeros pasos, ataviados en miniatura, orgullo de su prole, dignos y aplicados continuando la tradición, son los niños y niñas que bailan, cantan y ofrendan su inocencia a esa fe que los une, que le da un sentido mágico y profundo a sus incipientes vidas, les marca el derrotero a seguir a futuro; continuar con algo tan propio y nuestro, ese rasgo cultural, esta religiosidad popular que nos caracteriza como ariqueños y nos diferencia del resto del país.
Los invito, entonces, a ver algunas fotografías de esos pequeños y pequeñas protagonistas, seguramente no están todos pero representan el espíritu y cuerpo de esta festividad.
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