Una historia real en Arica, a propósito de la reciente celebración del día de la mujer indígena. En esta globalización que aturde y justifican los grandes. Por Sergio Vásquez
La tranquila noche ariqueña, invitaba al paseo y a gozar el aire fresco, como tanto ariqueño, que aún disfruta con la silla en la puerta de la casa, como una hermosa costumbre, antigua, de confianza y de paz, que regula en su insolencia.
El pasaje reflejaba cierto anonimato, por su ubicación. Llegábamos a la casa, eran las 00.30 hrs. aproximadamente, cuando una mujer se nos acercó diciendo: "¡Señor! ¿No tienen ropa para lavar?". La evidencia de su raza indígena y su hablar nos confirmaba su etnia, su nacionalidad andina, era una campesina peruana.
Era una pregunta extraña, ajena al horario y en la forma. "No, gracias", le dijimos. Luego, la natural inquietud apareció. Nos devolvimos y le preguntamos "Señora, ¿Qué hace a esta hora? ¿De dónde es?", ella respondió: "Vengo de Tacna, en la mañana no alcancé la camioneta que nos lleva a Lluta, para trabajar en el campo, no tenía para el retorno. Nos pagan al día y traté de hacer algo para llevar a mi casa. No me fue bien, no tengo donde dormir y estoy esperando la noche. Por favor, podrían darme un lugar en su patio, para no estar en la calle".
La acogimos, sin temor, sin dudar, a lo mejor con alguna ingenuidad, pero la mujer sencilla, aymará, reflejaba honestidad y generaba confianza. Era natural de Puno, viajó a Tacna, como muchos de sus paisanos en busca de nuevas alternativas de vida, opciones de educación a sus hijos y arrancando del duro frío altiplánico de Puno. Como muchos puneños y gente campesina también viajó a Arica, en busca de sustento para su hogar.
Su capital alternativo a sus manos, en ese momento era un puñado de detergente y una escobilla, solo eso. Y allí estaba, semi abandonada en la noche ariqueña.
Ésa es parte de “nuestra globalización”. La lucha por la vida, nuestra gente de Sudamérica – originarias, con su único valor de respaldo; la dignidad del trabajo.
No se había alimentado, menos cenado, nos acompañó y muy temprano se fue. "¡Chao Señor, les agradezco!" nos dijo al partir. Mucha humildad y casi vergüenza, por su solicitud. "¡Tengo que alcanzar la camioneta, para ir a Lluta!"
Mujer digna, mujer valerosa. Reafirmando el valor de género, universal, que lucha por la supervivencia de los suyos, a como dé lugar. Expuesta al mal pago, a los tratos, a lo desconocido, más pudo el amor materno. Este sencillo caso, como un homenaje a todas las mujeres nuestras indígenas, de Parinacota, Chile y nuestra América.
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1 Comentario
Sabina Salinas Bravo:
Publicado en: Domingo 07 de Septiembre 2008 07:24:33 PM
Por ese gesto solidario, humanitario, que refleja un corazón bien puesto, doy las gracias a ud. y familia, por que esa Mujer, ha podido regresar sana y salva.Estos son las cosas que deben destacarse, por la humildad y buen proceder.
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