“No hagan un Mercado de la Casa de mi Padre”
Lo que Jesús hizo ayer, perfectamente lo podría hacer hoy dado que muchas cosas han sido, y son, tergiversadas en la Iglesia de hoy. ¿Cuáles son esas cosas tergiversadas? Por Orlando Contreras sj.
El evangelio de ayer domingo (Juan 2,13-22) nos muestra la imagen de un Jesús indig-nado contemplando lo que pasa en el Templo de Jerusalén. Su molestia llega a tal grado que, haciéndose un látigo, arroja por el suelo todo lo que encuentra en su camino. Jesús se indigna porque el pueblo de Dios ha tergiversado el uso del templo. Destinado a ser lugar de oración lo han transformado en una casa de comercio.
Lo que Jesús hizo ayer, perfectamente lo podría hacer hoy dado que muchas cosas han sido, y son, tergiversadas en la Iglesia de hoy. ¿Cuáles son esas cosas tergiversadas?
Me atrevo a decir que no pocos sacerdotes en vez de ser puentes para que los feligreses se encuentren con una Iglesia acogedora y, en ella, con el Señor más bien somos murallas y fuente de escándalos que alejan a los feligreses de nuestras comunidades.
La doctrina de la Iglesia también ha sido tergiversada porque decimos y transmitimos a los feligreses lo que ella no dice en perjuicio de ellos. Nuestro mensaje más que buena noticia es percibida como una mala noticia. Es lo que pasa con los jóvenes y los matri-monios que no reciben como buena noticia lo que les anunciamos como doctrina de la Iglesia en el tema de la sexualidad. Y si a comienzos del siglo XX la Iglesia perdió a la clase obrera por anunciar un mensaje que más que buena noticia “era opio del pueblo”, hoy estamos perdiendo a los jóvenes porque no somos capaces de entenderlos y anun-ciarles en su lenguaje y códigos el mensaje del evangelio.
Nuestro mensaje esta lleno de “¡NOES!”. Todo es no. Todo es poner dificultad. Solo después del sexto no viene un “SI”. Pero a esa altura del partido ya no tenemos interlo-cutores porque los feligreses se han cansado de nosotros y abandonan la Iglesia.
Nuestros movimientos apostólicos (Cursillos de Cristiandad, Encuentro Matrimonial, Catecumenado, etc.) hacen mucho bien a las personas que viven las experiencias espiri-tuales o de pareja que son parte esencial en estos movimientos. Pero en lo que viene después claramente se ve que han absolutizado sus estructuras de organización y estás llegan a ser un peso agobiante para quienes permanecen en los diversos movimientos.
La vivencia de la fe de no pocos fieles cristianos se reduce a lo sentimental, se queda en lo que es la experiencia personal por sobre la experiencia comunitaria. Son muchos los cristianos que brillan en la universidades y en sus lugares de trabajo por su inteligencia y creatividad, pero desde la fe todavía creen que es verdad que la culebra del relato del génesis hablo con Eva. En otras palabras han crecido en muchas dimensiones de su vi-da, pero en el plano de la fe son y permanecen como adolescentes y porque no son ca-paces de pensar su fe y dar razón de la misma.
La actitud de la Iglesia ante el mundo moderno y los avances de la ciencia ha estado marcada por una actitud de sospecha y crítica. De esta manera se ha tergiversado el de-seo de Dios expresado en el Evangelio de San Juan: “tanto amo Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera sino que tenga vida Eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo sino para salvarlo por medio de Él” (Juan 3,16-17).
El látigo de Jesús hoy, en la Iglesia, es la Palabra de nuestros Obispos quienes en Apa-recida nos dicen que “La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundia-les. No puede replegarse frente a quienes sólo ven confusión, peligros y amenazas, o de quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideo-logismos gastados o de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y revi-talizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro per-sonal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros” (Aparecida Nro. 11)
El látigo de Jesús hoy, en las palabras de los Obispos, es una invitación entrar en un proceso de conversión personal, pastoral y de estructuras como fruto de un encuentro personal con la persona de Jesús. Ningún Obispo, sacerdote, diácono y religiosa puede hacer oídos sordos a este llamado.
FOTO: linucks
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"Las opiniones vertidas en los comentarios son de exclusiva responsabilidad de los ciudadanos que las emiten y no representan necesariamente a El Morrocotudo, medio que sólo actúa como plataforma de expresión democrática . Más detalles en Normas de Uso para Comentarios"
Lo que Jesús hizo ayer, perfectamente lo podría hacer hoy dado que muchas cosas han sido, y son, tergiversadas en la Iglesia de hoy. ¿Cuáles son esas cosas tergiversadas?
Me atrevo a decir que no pocos sacerdotes en vez de ser puentes para que los feligreses se encuentren con una Iglesia acogedora y, en ella, con el Señor más bien somos murallas y fuente de escándalos que alejan a los feligreses de nuestras comunidades.
La doctrina de la Iglesia también ha sido tergiversada porque decimos y transmitimos a los feligreses lo que ella no dice en perjuicio de ellos. Nuestro mensaje más que buena noticia es percibida como una mala noticia. Es lo que pasa con los jóvenes y los matri-monios que no reciben como buena noticia lo que les anunciamos como doctrina de la Iglesia en el tema de la sexualidad. Y si a comienzos del siglo XX la Iglesia perdió a la clase obrera por anunciar un mensaje que más que buena noticia “era opio del pueblo”, hoy estamos perdiendo a los jóvenes porque no somos capaces de entenderlos y anun-ciarles en su lenguaje y códigos el mensaje del evangelio.
Nuestro mensaje esta lleno de “¡NOES!”. Todo es no. Todo es poner dificultad. Solo después del sexto no viene un “SI”. Pero a esa altura del partido ya no tenemos interlo-cutores porque los feligreses se han cansado de nosotros y abandonan la Iglesia.
Nuestros movimientos apostólicos (Cursillos de Cristiandad, Encuentro Matrimonial, Catecumenado, etc.) hacen mucho bien a las personas que viven las experiencias espiri-tuales o de pareja que son parte esencial en estos movimientos. Pero en lo que viene después claramente se ve que han absolutizado sus estructuras de organización y estás llegan a ser un peso agobiante para quienes permanecen en los diversos movimientos.
La vivencia de la fe de no pocos fieles cristianos se reduce a lo sentimental, se queda en lo que es la experiencia personal por sobre la experiencia comunitaria. Son muchos los cristianos que brillan en la universidades y en sus lugares de trabajo por su inteligencia y creatividad, pero desde la fe todavía creen que es verdad que la culebra del relato del génesis hablo con Eva. En otras palabras han crecido en muchas dimensiones de su vi-da, pero en el plano de la fe son y permanecen como adolescentes y porque no son ca-paces de pensar su fe y dar razón de la misma.
La actitud de la Iglesia ante el mundo moderno y los avances de la ciencia ha estado marcada por una actitud de sospecha y crítica. De esta manera se ha tergiversado el de-seo de Dios expresado en el Evangelio de San Juan: “tanto amo Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera sino que tenga vida Eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo sino para salvarlo por medio de Él” (Juan 3,16-17).
El látigo de Jesús hoy, en la Iglesia, es la Palabra de nuestros Obispos quienes en Apa-recida nos dicen que “La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundia-les. No puede replegarse frente a quienes sólo ven confusión, peligros y amenazas, o de quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideo-logismos gastados o de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y revi-talizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro per-sonal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros” (Aparecida Nro. 11)
El látigo de Jesús hoy, en las palabras de los Obispos, es una invitación entrar en un proceso de conversión personal, pastoral y de estructuras como fruto de un encuentro personal con la persona de Jesús. Ningún Obispo, sacerdote, diácono y religiosa puede hacer oídos sordos a este llamado.
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