Las Crisis no entienden de “Tiempos” sino de “Lugares”
Las crisis, por muchos que nos pese a los países ricos, no entienden ni de tiempo ni de épocas, sino de lugares y de personas. Y esta debacle que ha llegado sin avisar; en otros sitios, por sorpresa, ya llevaba años viniendo. Por Miguel Márquez
Borges escribió una vez que cada hombre piensa que le ha tocado vivir los peores tiempos de la historia. Hoy en día, envueltos en titulares llenos de expedientes de regulación de empleo, de crisis económica y de guerras absurdas, como todas las guerras, uno puede pensar que, realmente, estos son los peores tiempos de la historia, los que nos ha tocado vivir. Pero no lo son. No lo son más que los años pasados. Borges lo entendió antes que nosotros, en su poesía.
La emigración para lograr un empleo existe desde tiempos inmemoriales, las guerras existen desde que los hombres nos fuimos encontrando entre animales que cazar cuando apretaba el hambre; y los terremotos y huracanes existen desde que nos concedieron, en préstamo, esta pelota azul en medio del infinito. Nuestros dragones siguen siendo los mismos, y nuestras armas, de papel maché la mayoría de las veces, han ido en unos casos alejando las fauces del Leviatán y, en otros, han ido dejándonos más al descubierto, con un paraguas de papel ante la lluvia.
Por eso, y porque el tiempo transcurre “en desigual” a lo ancho del planeta y se olvida de pasar por muchos rincones sumidos en la pobreza, los titulares europeos que vaticinan esta debacle, esta crisis repentina, no son más que los titulares de siempre de los periódicos pobres, los que se imprimen todavía con maquinas viejas y oxidadas en un rincón perdido del planeta: unos titulares que se han ganado un sitio entre los periódicos grandes, entre los que anunciaban hasta hace poco lujosos coches y lujuriosas joyas.
Que nuestros tiempos son los más difíciles de la historia es la mentira más indolora que nos podemos creer ahora mismo, sin duda. No hace falta más que salir a los extrarradios de nuestra ciudad para ver como han vivido hasta hace unos meses nuestros vecinos, o cruzar unas cuantas fronteras hasta llegar al corazón de Oriente Próximo. Las crisis, por muchos que nos pese a los países ricos, no entienden ni de tiempo ni de épocas, sino de lugares y de personas. Y esta debacle que ha llegado sin avisar; en otros sitios, por sorpresa, ya llevaba años viniendo.
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La emigración para lograr un empleo existe desde tiempos inmemoriales, las guerras existen desde que los hombres nos fuimos encontrando entre animales que cazar cuando apretaba el hambre; y los terremotos y huracanes existen desde que nos concedieron, en préstamo, esta pelota azul en medio del infinito. Nuestros dragones siguen siendo los mismos, y nuestras armas, de papel maché la mayoría de las veces, han ido en unos casos alejando las fauces del Leviatán y, en otros, han ido dejándonos más al descubierto, con un paraguas de papel ante la lluvia.
Por eso, y porque el tiempo transcurre “en desigual” a lo ancho del planeta y se olvida de pasar por muchos rincones sumidos en la pobreza, los titulares europeos que vaticinan esta debacle, esta crisis repentina, no son más que los titulares de siempre de los periódicos pobres, los que se imprimen todavía con maquinas viejas y oxidadas en un rincón perdido del planeta: unos titulares que se han ganado un sitio entre los periódicos grandes, entre los que anunciaban hasta hace poco lujosos coches y lujuriosas joyas.
Que nuestros tiempos son los más difíciles de la historia es la mentira más indolora que nos podemos creer ahora mismo, sin duda. No hace falta más que salir a los extrarradios de nuestra ciudad para ver como han vivido hasta hace unos meses nuestros vecinos, o cruzar unas cuantas fronteras hasta llegar al corazón de Oriente Próximo. Las crisis, por muchos que nos pese a los países ricos, no entienden ni de tiempo ni de épocas, sino de lugares y de personas. Y esta debacle que ha llegado sin avisar; en otros sitios, por sorpresa, ya llevaba años viniendo.
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