Camino a Santiago con Emeterio

Hay prioridades en esta vida, todos debemos de tener una por lo menos en esta vida ¿Cual es la tuya? Cargar a los muertos o dejarlos vivir en la memoria. Por Luis Beaurt
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19 de Agosto, 2009 00:08

Santiago no podía ver nada debido a la lluvia de confeti que se arrojaba desde los techos de las casas por donde pasaba.
Hombre tranquilo, de pocas palabras y de muchas acciones, veía como el pueblo se desbordaba invitándolo a entrar; como un gran héroe que regresa del campo de batalla a descansar sus mejores días.
Él encabezaba el gran desfile que se estaba protagonizando, él estaba en primer lugar, sin que por eso perdiera su humildad, su capacidad para disfrutar las cosas, de maravillarse de las cosas simples de la vida.
Había señoras que le ofrecían unas flores, otras le daban en jícara; un poco de agua para el calor y la sed que podía sentir en el camino hacia el palacio municipal.
Su carruaje transitaba lento, majestuoso, Santiago podía apreciar cuando el confeti le permitía ver sus montañas, su cielo azul, las torres de la iglesia, su destino que estaba cada vez más cerca.
No deseaba lo que sería su destino final; tenía miedo de no poder llevar a cabo la encomienda que le tenían ya encargado, sabía que sería una larga y dura prueba la que en ese momento debería de realizar.
Al final del camino se podía ver ya el edificio del ayuntamiento donde sería la ceremonia, todo ya estaba preparado para que lo recibiera el alcalde del pueblo.
Lentamente su carruaje se acercaba al edificio, podía ver que estaba un templete preparado para la ceremonia que ahí se efectuaría ¿Sería el gran protagonista de todo esto?
Dudaba de ser alguien importante en esta vida, pero hoy sería diferente y su vida cambiaría plenamente… después de este día.
Llegó hasta el templete y se estacionó a un costado, se paró y bajó lentamente de su carruaje, fue en ese entonces cuando una lluvia de confeti nubló su vista y aparecieron los fuegos pirotécnicos.
Santiago estaba pensativo; y se dijo: - Pos mira Santiago, que bonito se ve todo esto pero ¿No sería mejor ayuda a don Serino y a otros con su milpita en vez de gastiar todo este platal en esto?
Podía ver el esfuerzo que en ese lugar paupérrimo, destinando varios miles de pesos en una fiesta que pudieron haber ayudado a la gente que no tiene nada.
Pero había prioridades y esta fiesta era una de ellas.
Como comenzó terminaron los fuegos artificiales y el confeti, la plaza quedo en silencio y apareció el alcalde del pueblo en el templete para dirigir unas palabras.
Estimados ciudadanos - dijo el alcalde - Hoy es un día triste para nosotros, nuestro héroe, nuestro guía, nuestro gran líder don Emeterio González ha pasado a mejor vida.
El silencio era total; se podía escuchar el canto de las aves que habían regresado al jardín del parque después de que pasaran los truenos que las había espantado.
Todo esto por un muertito - pensaba para sus adentros Santiago - pos yo creio que sería mejor dejarlo dormir en el cementerio y asunto arreglado.
Terminaba de pronunciar su discurso el alcalde: - Y por lo tanto es nuestro deber llevarlo a descansar; tal y como fue su última voluntad, en la ciudad de Zavidia.
Santiago se dijo: - ¿Zavidia es una ciudad? Yo creo que la ciudad es más grande y con mucha genti, y Zavidia solamente es un poquito más grande que mi pueblo.
Y el mismo Santiago se respondió: - Pos es la última volunta de don Emeterio González y su paliabra es ley... todavía.
A pesar de que don Emeterio González tenía apenas unas horas de muerto seguía siendo el dueño, amo y señor de ese triste pueblo y de la comarca, todavía pronunciar ese nombre se hacía con miedo por sus enemigos y con admiración y respeto por sus grandes amigos.
El alcalde se dirigió entonces a Santiago para poder terminar su elocuente discurso: - Y por lo tanto, Santiago, tu deber como buen ciudadano es llevar a don Emeterio González por el camino que a él le gustaba recorrer.
Al llegar a Zavidia te esperaremos todos para darle un homenaje póstumo a don Emeterio González y así su alma descansara en el lugar elegido para su descanso eterno.
Al terminar su discurso; apareció el ataúd de Emeterio González que era sacado del palacio municipal por seis hombres.
La diferencia de clases se veía, mientras ellos, los seis cargadores vestían pantalones y camisas remendadas, raídas y descoloridas de tanto uso y los pies calzaban apenas huaraches, el traje de madera de Emeterio González era de buena hechura y la cruz de buen material.
En el templete aparecieron detrás del ataúd las cuatro mujeres de don Emeterio González que tenía solamente en ese pueblo, todas con sus mejores galas las cuales consistían en una falda y una blusa ya toda vieja.
Los diez mocosos que estaban con sus madres estaban sucios, muy descuidados y la mayoría de ellos tenían una costra de mocos en las narices que no les permitía respirar bien.
Los seis hombres pusieron el ataúd en la carroza de Santiago, este se montó y despacio a paso de mula tomo la misma calle que le había dado la bienvenida.
Ahora ya nadie tiraba confeti, ya nadie estaba en la calle, todo el pueblo era un desierto, era como si en su carroza se llevara toda la maldad que en ese lugar pudo haber existido.
Podía ver el camino viejo a la ciudad de Zavidia, en cambio, los grandes jerarcas del lugar irían en un cómodo autobús a quince minutos de ese mísero pueblo; a la ciudad.
La mulita de Santiago caminaba contenta de verse rodeada de árboles, sus pasos eran alegres y esta misma alegría fue contagiada a todos los que estaban en la carroza, menos a don Emeterio González que permanecía callado, inmovil sin decir ni una palabra.
Despues de haber andado unos diez minutos a través de las montañas, detrás de una curva muy pronunciada, ahí estaba esperando la señora que siempre lo acompañaba cuando trabajaba.
Parada; esperaba la llegada de Santiago, vestía como siempre lo hacía; de negro, su vestido era muy elegante, su sombrero llevaba un velo que no permitía que su cara fuera vista.
Santiago al verla se le alegro el corazón, paro su carreta a su lado y se bajo para ayudar a la señora a subir.
Ella con toda la clase que puede tener alguien en esta vida – o quizás en la otra – se acomodó en el único espacio que estaba disponible para que se sentara.
Al sentir al pasajero; la mulita trató de recular, pero la mano firme de Santiago impidió que esta saliera desbocada, con un gran amor y gentileza calmo a su compañera de toda la vida.
Después con toda la calma, Santiago subió a su lugar y con voz firme le pidió a la burrita que empezara de nuevo su andar.
Se le notaba con miedo al principio; pero después de un rato, el alegre vaivén de su marcha hacia mas fácil y llevadero el camino.
Santiago hablaba de la despedida que tuvo don Emeterio González; esto dejo muda a su acompañante, bueno en todo el tiempo que llevaba de conocerla nunca le había dicho ni una sola palabra.
Esa persona era una gran compañía, nunca inventaba chismes ni hablaba mal a nadie ni de nadie, las pocas veces que Santiago la había visto que hablara era al oído de la persona que un rato después era llevada al camposanto.
Santiago fue en silencio la mitad del camino; otras veces platicaba todo el camino al camposanto pero esta vez no estaba de humor, quizá era debido a la compañía que traía.
Al acercarse a la “curva de los caídos”, Santiago empezó a sentir un viento que soplaba fuerte; las nubes empezaron a cerrar el cielo y el sol desaparecía, parecía que se acercaba una tormenta.
Hasta su acompañante se asustó – bueno eso fue lo que notó Santiago – con voz calmada y serena trató de calmar sus miedos y los miedos de su acompañante.
Santiago dirigió su mulita por una recta y ahí estaba la “curva de los caídos”, el camino se estrechaba y se volvía bronco debido a que la terraceria eran puras piedras y grandes hoyos en el suelo y el precipicio… ahí estaba…
A pesar de que siempre que iba a Zavidia ese era su camino; el cambio de clima y todos esos sucesos raros le hicieron sentir pavor, no era algo usual que el cielo se nuble, no era usual que se presentara una tormenta, esto no era nada normal.
La mujer que lo acompañaba lo agarró del brazo, esto hizo que Santiago se sintiera valiente por un momento, quien puede decir que la muerte se le cuelga del brazo a alguien solo porque tiene miedo.
Al entrar en la curva; voces extrañas llamaban a Santiago a detenerse y dejar su carga en ese lugar, él volteaba de un lado a otra para ver quién lo llamaba pero solo veía los árboles a su alrededor.
Sintió que algo tiraba a su mulita hacia la curva, Santiago jalo fuerte para que no avanzara al precipicio, las voces reclamaban, pedían que Santiago dejara a Emeterio en ese lugar.
Santiago los entendía ya que muchas de las gentes que desafiaron a Emeterio habían dado “el gran salto” en ese lugar y desaparecer para siempre sin dejar ningún rastro en este mundo.
El féretro de Emeterio empezó a moverse de un lado para otro, parecía que luchaba contra las fuerzas que querían llevárselo al precipicio pero, el traje de madera le impedía luchar.
La mulita se detuvo exactamente en la curva, a pesar de que Santiago le jalaba las riendas para que caminara, esta se negaba a dar un paso.
El ataúd poco a poco se deslizaba hacia el extremo de la carreta y Santiago intento pararse para evitar que don Emeterio se fuera al precipicio, pero su acompañante lo sujeto del brazo y con una expresión de su cara le indicó que no había ya nada que hacer.
Santiago pudo ver por primera vez su cara y entendió lo que su acompañante le quiso decir; decidió que ellos fueran los que decidieran, así que de un momento a otro don Emeterio cayó en la “curva de los caídos” para no ser visto jamás por nadie.
Después de que don Emeterio diera “el gran salto” cosas extrañas pasaron; el sol salió de nuevo y la tormenta se aplacó, la acompañante de Santiago agarró las riendas de la mulita y suavemente las jalo.
Ya sin esa compañía tan desagradable; Santiago volvió a la vida y como en los viejos tiempos, le comenzó a platicar a su acompañante la cual parecía como si estuviera ida, sin vida…muerta.
Al llegar a Zavidia la gente decente esperaba a don Emeterio a la entrada del pueblo, se había puesto un gran templete.
Al ver que Santiago se aproximaba, grandes fuegos pirotécnicos aparecieron de la nada, una lluvia de confeti inundó el cielo y la gente parecía extasiada de que su amo y señor llegara a reposar a su tierra.
Se veía las clases; mientras la mujer de don Emeterio González esperaba el ataúd en actitud serena y casi resignada, con un vestido precioso y sus joyas muy bien puestas que le hicieron pensar a Santiago que era parecida a la virgen que estaba pintada en un retablo en su hermosa iglesia del pueblo.
Detrás de ella estaban los verdaderos hijos del cacique de la región, los niños a comparación de los que había dejado en su pueblo estaban muy bien vestidos, muy bien comidos y muy bien estudiados ya que no vivían ahí sino en la gran capital.
Al acercarse Santiago las cosas empezaron a callarse por si solas; primero fue la lluvia de confeti, después los fuegos artificiales.
Después la gente se enmudeció al percatarse que solamente venia Santiago solo sin la compañía de don Emeterio, inmediatamente dieron un grito entre dolor y jubilo.
Incrédulo el alcalde no daba cabida a lo que veía, se acercó rápidamente y le preguntó a Santiago - ¿Dónde está don Emeterio González?
Santiago contestó: - Pos íbamos caminado tranquilitos pos hasta que llegamos a la curva de los caídos y ahí don Emeterio decidió dar el brinco y perderse, diciendo que no lo esperarían.
¿Se te cayó verdad? – Preguntó el alto funcionario - indio desgraciado, vas a desear no haber nacido nunca en tu mísera vida.
Al no poder hacer entrar en razón al alcalde; Santiago dio media vuelta dejándolo con la palabra en la boca y con su mulita echo andar por el camino, ya sabía que no llegaría a su pueblo.
Estaba mortificado y su acompañante lo sentía, lo podía intuir, pero aun así ella no dijo nada, parecía que no quisiera darse cuenta del peligro que caía sobre Santiago.
Al acercarse a la curva de los caídos, ella se sentía muy mal por la suerte de Santiago, puso su mano sobre el hombro y… él comprendía lo que ese gesto significaba pero aun así no evitaba su destino.
A lo lejos se veía que en la curva alguien estaba esperándolo, Santiago lo reconoció de inmediato, ahí estaba Jacobo Sentiellero; fumando tranquilamente, para darle lo que el gobernador le quiera dar.
Santiago era el que “cargaba y ponía bajo tierra” los trabajos que Jacobo hacia a los que don Emeterio o el alcalde les quería poner punto final.
Cuando estuvo cerca de Santiago; Jacobo lo saludó de manera cariñosa y amigable, paro su carreta y uno de los secuaces de Jacobo se abalanzó y de manera soez lo jal para bajarlo del carro.
Jacobo con la mirada calmó a su chalán; le dijo a Santiago – Discúlpelo aste, pero ese muchacho es nuevo en esto y no sabe como se debe tratar a la gente que respeito.
Santiago agradeció el gesto y tranquilamente bajo de su carreta, camino hacia su mulita y la acaricio, pidió permiso a Jacobo de pasar la curva, este asintió con la mirada.
La mulita paso esa curva maldita y Santiago le dio una pequeña nalgada para que anduviera de nuevo su camino, esta se puso terca, parecía que quería ver el final de su compañero de tantos años.
Jacobo llamó a Santiago y le dio un cigarro y una botella de aguardiente, Santiago rechazó las dos cosas ya que nunca en su vida había tomado un trago de licor y menos fumado.
Jacobo le dijo: - Aste siempre tan limpio, la verda yo le aimiro mucho por lo que hizo el día de hoy, es de machos y a los machos hay que ser direitos y francos.
Santiago sabía que ya había llegado su momento, se paró y caminó hasta la curva, ahí podía ver su gran cerro sus árboles, su cielo, azul, las nubes, el precipicio, su destino.
Voltió para ver a su verdugo y observó que su compañera estaba junto a Jacobo hablándole al oído, Santiago pensó: - A este no le voy yo a echar tierra.
Jacobo se acercó Santiago y este le preguntó: - Señor aintes que me suceida otra cosa funesta sólo tengo una pregunta ¿Qué le dijo la dama?
Jacobo no entendió la pregunta y le contestó: - Don Santiago, solamente se escucha a los pajaritos cantar.
Miro hacia atrás y la dama había desaparecido, sintió la pistola en su cabeza, sonrió y esperó su final.
Un fuerte estruendo se escuchó por las montañas; una bandada de pájaros gritaron y volaron de los árboles… después de eso; siguió una lluvia de cohetes y petardos que se escuchaban sin cesar.
En el pueblo hoy era el día en que se festejaba el alzamiento en contra de los tiranos.
Un obelisco en la plaza con la inscripción “De nuestro pueblo al héroe que nos dio libertad” se veía en letras doradas.
Todo era felicidad, ya no había nada que temer, se recordaba tristemente el reinado de Emeterio González, de toda la maldad que había sembrado en ese pueblo y su trágica desaparición.
De su matón Jacobo Sentiellero se decían muchas cosas, que murió de manera trágica y desconocida, que murió con la cara llena de terror, que había muerto sin dejar rastro alguno.
Solamente una dama de negro se paseaba trístemente llorando la pérdida del hombre que nadie recordaba ni su nombre ni su apellido, quiso enjuagar las lágrimas de sus ojos, pero no pudo.
Se sentó a la banca, parecía como si estuviera muerta.
Se levantó para despedirse, pero ya no había nadie que la conociera, todos los que la habían visto estaban gozando de mejor vida.
Ella se consoló diciendo: - Estas son cosas de la vida, mejor dicho – hizo una pausa y continuo –estas son cosas de la muerte, el camino a casa siempre lo he recorrido sola, todos los caminos me llevaban a casa.
Ya nada la detenía pues toda la felicidad que había en el pueblo la aburría.
Ya no había un trabajo digno para ella, tomo aire y a paso lento se alejó de todo y de todos, quizás sea ese su destino, amar y sufrir para después encontrar otro amor y volver a repetir todo de nuevo.
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