María
Hermosas palabras para despedir a una mujer que significó y significa mucho para diferentes personas. Por Orlando Contreras sj
El miércoles 14 recién pasado, en Santiago, falleció inesperadamente María Quintanilla. Desde su nacimiento su cuerpo fue deforme y por lo mismo con muchas dificultades para caminar. Su esposo, mi tocayo Nano, trabaja recogiendo cartones por la noche y los vende por la mañana. Tienen dos hijos jóvenes –María y Emerson- y criaron desde guagua a una sobrina que hicieron propia –Daniela-. Estas fueron las palabras que dije en su funeral.
“Estamos reunidos con pena, dolor, mucho cariño y fe para despedir a María. La noticia de su inesperada muerte nos golpeó a todos y dejó nuestro corazón acongojado, pero no desesperanzado. Aún cuando tenemos pena -y mucha- no sería justo con María, y su familia, quedarnos pegados en el dolor y no dar gracias, a ella y a Dios, por lo que significó en la vida de todos quienes la conocimos, de todos quienes estamos aquí.
Tengo la íntima convicción que, cada uno de nosotros puede decir, que una de las cosas buenas que nos ha pasado en la vida ha sido encontrarnos, conocer y compartir algo de la vida de María. Por eso nuestra acción de gracias en un momento como este.
Te damos gracias María porque algo había en ti que nos hacía sentir que estabamos con alguien que capta, entiende y vive lo esencial del evangelio. Tenías todo para estar y vivir amargada, pero no. Tú no te echabas a morir ante la adversidad; adversidad tan nítida en tu cuerpo y en la mediagua en la que viviste junto a los tuyos por muchos años careciendo de cosas tan básicas como un dormitorio privado para ti y mi Tocayo, y otro para tus hijos.
Chica y pobre era la mediagua, pero en ella habitada una familia en la que estabas tú que, en un cuerpo maltrecho, tenías un corazón que te hacía sonreír y hacernos reír a nosotros; un corazón que te hacia mirar con esperanza la vida y hacer brotar en nosotros la esperanza. En esa pequeña mediagua había espacio para el evangelio y por lo mismo todos cabíamos en ella, particularmente los que no tenían otro lugar donde reclinar la cabeza, donde recobrar la esperanza.
Todos quienes te conocimos fuimos bendecidos por Dios por medio de tu cuerpo, de tu palabra y tu sonrisa. Todos quienes te conocimos experimentamos el llamado a salir e ir más allá de nuestros dolores, penas y desesperanzas para volcarnos, con cariño, generosidad y creatividad, en la empresa de conseguir y construir un TECHO PARA MARÍA Y LOS SUYOS. Tú activaste una red invisible de solidaridad que unió a ricos y pobres; niños y jóvenes; adultos y ancianos; creyentes y no creyentes, chilenos y españoles esparcidos en barrios tan distintos como Las Condes, Santiago Centro, El Esfuerzo y La Palma en Chile; Tres Canto, Madrid y Ares de España. En la memoria, y en el corazón de quienes fuimos parte de esa experiencia, está la convicción que el evangelio fue y es posible saborearlo y gustarlo internamente cada vez que nos ponemos del lado de quienes son y viven como tú María.
En el ocaso de nuestra vida, cuando miremos hacia atrás, en nuestros labios se dibujará una sonrisa al rememorar el tiempo compartido contigo particularmente aquel de UN TECHO PARA MARIA. Buscando ser una ayuda para ella, la verdad es que resultó ser al revés: fue y era una ayuda para nosotros estar cerca de tuyo.
Bienaventurados los pobres como María porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados quienes tuvimos la suerte que ella se cruzará en nuestro camino. En ella, en su debilidad y fragilidad, era Dios mismo el que vino a nuestro encuentro para enseñarnos la simpleza de la vida, la verdad y la alegría del evangelio que se hace historia concreta. Con su partida algo de nosotros se va; algo de nosotros se muere; algo de nosotros se pierde.
La pena y la tristeza nos invade y hay que dejar que ella siga su curso. Pero la fe que nos anima nos hace creer y esperar que un misterioso y secreto tesoro se esconde para nosotros en este inesperado acontecimiento. Tesoro que quizás las lágrimas no nos dejen ver, pero si intuir desde nuestra fe: en el corazón de Dios ella esta consiguiendo y construyendo una casita para nosotros. Una casita donde no habrá llanto, ni dolor, ni pena; donde ya nada nos separará de Dios y de la Iglesia pobre humilde, sencilla, con gusto y sabor a evangelio. Un lugar donde caerá todo lo que hoy pudiera separarnos y entristecernos.
Gracias María. Animo y fe Tocayo mío que todos quienes estamos aquí también estamos triste y tenemos un nudo en la garganta con pena, mucha pena”.
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linda historia y que nos da
linda historia y que nos da muchas esperanzas..gracias por compartirla....y si las lagrimas deben seguir su curso....maria como dice usted ya esta feliz al lado de quien siempre estuvo con ella..en los mas desvalidos, humildes..