Letanías por un Hombre llamado Daniel
¿O recuerdas de Caifás la doble faz y sus raídos ropajes de repudio?, ¿No recuerdas, quizás, y tal es tu vacío?. Ya no hables. Ve y pregunta por Daniel Zamudio.
¿Recuerdas el dolor de verte al otro lado de la esquina?
¿Recuerdas del amor la perfumada piel de los abrazos, el cuerpo respirándose por los bordes de la luz y de la sombra?
¿O recuerdas de Caifás la doble faz y sus raídos ropajes de repudio?
¿No recuerdas, quizás, y tal es tu vacío?
Ya no hables. Ve y pregunta por Daniel Zamudio.
¿Sabrás acaso hacerte fuerte enfrentando el chillido turbio del dedo que te apunta?
¿Sabes qué es templarse buscando primavera al otro lado de las flores?
¿Sabrás, tal vez, del sabor la hiriente fruta del querer y del quererse?
¿O sólo sabes la infeliz cojera rengueando a medias letras el odio y sus preludios?
¿Nada vives, tanto ignoras?
Sólo escucha: ve y pregunta por Daniel Zamudio.
Ve y pregunta a sus deshechas carnes y déjate agrietar el muro, la mirada torpe de los caramelos, con cada astilla ardiente clamando por sus huesos rotos.
Y sólo entonces, regresa y sabrás por qué hemos de ir todos a curar con besos esta piel erosionada en la ceguera, y sepan así los hombrecillos de huella absurda y antifaz de verdeoliva que hubo un tiempo un Hombre con el corazón escrito en mayúsculas palpitantes: un Hombre tan de Humano y tan de Hombre, que llevaba en la sonrisa el aire azul surcado por el ala libre de los pájaros.
Un Hombre a quien la tarde y la mañana, la noche toda y el día entero buscaban para regalarle sol, espiga o luz de estrella.
Un Hombre de Ángel y de Carne: Carne y Ángel como todo aquel que ha de pasar la vida enhebrándose caminos.
Un Hombre, en fin, que se llamaba Daniel.

