¿Qué pasará en Chile?

La centroizquierda ha sido y es mayoría en Chile, pero es posible que otra vez se farree esta condición: entre la cooptación ideológica y el desvarío voluntarista, además de la política/espectáculo de muchos de sus representantes, se está carcomiendo, cual escorpión.

Imagen de José Sanfuentes
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02 de Enero, 2020 11:01

Luego de 75 días de revueltas sociales, que oscilan entre la masificación y el vandalismo, se aprecia un extendido desasosiego en la población chilena, en el cual subyace una meridiana claridad: que el futuro ya no será lo que era.

Pero hay otra claridad adicional: Chile es un país que gusta de resolver sus conflictos en elecciones. Recuerdo una reunión con Fidel Castro el año 1987, donde, planillas electorales en mano, explicaba, a la izquierda chilena fallida en su opción insurreccional, por qué había que integrarse al Comité de Elecciones libres y apostar a ganar el plebiscito que, se sabía, preparaba Pinochet.

De enero 2020 a noviembre 2021 Chile vivirá una intensa agenda electoral. En 2020 habrá plebiscito y se elegirá una Convención Constituyente, con la misión de redactar una nueva Constitución; habrá también elecciones donde se cambiará el poder local y regional. El año 2021 habrá primarias presidenciales, se elegirá a un nuevo Presidente de la República y un nuevo Congreso. Es decir, en tan sólo 23 meses, estará en juego la totalidad del poder político. En consecuencia, para quienes quieren conservar el statu quo o para quienes anhelan cambios profundos, el horizonte de posibilidades está trazado.

No cabe duda que si se hicieran bien las cosas las fuerzas de centroizquierda triunfarían en todos esos procesos electorales. Pero esta es la gran incógnita: está demostrado que tiene una supina expertise en convertir victorias en derrotas, mayorías en minorías.

El programa de cambios de la Presidenta Bachelet contó con un macizo respaldo electoral, sin embargo, de un lado la corrupción y de otro la injerencia de los cooptados por los poderes fácticos, hizo fracasar tales intentos reformistas. Aun así, esas ideas programáticas obtuvieron mayoría en las elecciones siguientes. En efecto, tanto en la primera vuelta presidencial (55,5% versus 45,5%) como en las elecciones parlamentarias (más ampliamente) la centroizquierda derrotó a la derecha. Pero el candidato levantado por el diputado Auth más el PR y el PC, que pasó a la segunda vuelta, fue incapaz de concitar a la mayoría, que no creyó en sus capacidades como gobernante ni menos como líder renovador de la centroizquierda. El triunfo de Piñera en la segunda vuelta, debido exclusivamente a que no tuvo adversario plausible, generó la ilusión de “una amplia mayoría” a favor del neoliberalismo, que mareó a la derecha hoy gobernante.

Esta ilusión catastrófica de la derecha chilena constituye la principal explicación del estallido social de octubre reciente. En efecto, Piñera con la UDI campeando, sin ninguna comprensión de la realidad, reincidieron aplicando las clásicas recetas para acentuar el neoliberalismo, recargando aún más la ya pesada mochila del mundo trabajador y de las clases medias -incluyendo sornas como las de “levantarse más temprano”- y pretendiendo aliviar la carga tributaria a los ricos “para cuidar que inviertan”.

El gobierno derechista remó a contrario sensu del lado correcto de la historia: la explosión social estaba incubada. Aunque se dirigió principalmente contra el gobierno, ha sido también una ácida crítica a los políticos tradicionales: las mayorías populares ya no confiaban en esos intermediadores, por su total lenidad para asumir su responsabilidad de liderar eficazmente los cambios sociales que hace rato Chile demanda.

Eso es exactamente lo que está en juego hoy, y lo que más alimenta el desasosiego nacional. Lo que pasará en Chile los próximos dos años está determinado en lo principal, por las capacidades que existan en fuerzas políticas responsables de empujar esos cambios sociales imprescindibles: nuevas condiciones del trabajo, pensiones, salud, educación, pueblos originarios junto a las emergentes reivindicaciones de género y ecológicas; es decir, impulsar un programa democrático moderno de conquistas sociales avanzadas y que garantice pleno respeto a los derechos humanos.

La centroizquierda ha sido y es mayoría en Chile, pero es posible que otra vez se farree esta condición: entre la cooptación ideológica y el desvarío voluntarista, además de la política/espectáculo de muchos de sus representantes, se está carcomiendo, cual escorpión.

Por un lado, la exConcertación, quienes gobernaron 24 años con evidentes logros, pero a la vez con severas limitaciones debido a su sustancial cooptación por ideas neoliberales contrarias al Estado de bienestar (demostración de lo cual es su reticencia a superar el sistema de ahorro forzoso de las AFP); no hacen hoy ningún esfuerzo real por ganarse la confianza de ese Chile “que ha despertado” y mantiene planteamientos, prácticas políticas y liderazgos del pasado. Por otro lado, la izquierda conservadora que se unió a la exConcertación en la Nueva mayoría bacheletista y que unidos fracasaron electoralmente ante Piñera; hoy se siente sacada al pizarrón por la izquierda latinoamericana chavista y explora caminos extrainstitucionales extemporáneos, polarizando posiciones y provocando estériles divisiones en el seno del pueblo.

El Frente Amplio, novedosa expresión de un engranaje de socialistas, socialdemócratas y liberales igualitarios, comprometido con las transformaciones profundas que demanda Chile, constituye la principal esperanza de conducción. Un liderazgo capaz de concitar la más amplia unidad social y política necesaria para asumir la responsabilidad de cambiar Chile, transitando por el ancho camino de las reformas profundas en un marco democrático, de movilización social y conquistas electorales. Desafío nada fácil en la presente situación política.

No es mucho el tiempo que queda, aunque sí mucho el trabajo por hacer: para realizar propuestas serias, conquistar y movilizar las voluntades ciudadanas y construir las alianzas necesarias para establecer una nueva Constitución democrática y alcanzar el poder: comunal, regional y nacional, para hacer de Chile un moderno Estado democrático de bienestar. No debiera haber vacilación alguna para transitar esta deriva, sin demora, comprendido lo que es: una gran épica, si es que se asume con pasión, resolución y espíritu de unidad.

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