El Estado Alfeñique: un inmenso gigante, lento y burocrático

El Estado Alfeñique: un inmenso gigante, lento y burocrático

15 Noviembre 2019

Según lo vivido en los últimos días en Chile, no es necesario ser flaco para ser alfeñique. El Estado chileno es la prueba de lo contrario: convertido por décadas en un inmenso gigante, lento y burocrático, es un verdadero alfeñique. A la primera piedra, cae, como un Goliat patético e inútil.

Rodrigo Muñoz >
authenticated user Corresponsal Corresponsal Ciudadano

Recuerdo en las revistas antiguas el dibujo de un flacucho que, cansado de abusos, quería ser fuerte y miraba con envidia la imagen de un fortachón que recomendaba hacer ciertos ejercicios para no ser un “alfeñique”.

Sin embargo, según lo vivido en los últimos días en nuestro país, no es necesario ser flaco para ser alfeñique. El Estado chileno es la contundente prueba de, precisamente, lo contrario: convertido por décadas en un inmenso gigante, lento y burocrático, es un verdadero alfeñique. A la primera piedra, cae, como un Goliat patético e inútil.

Pero las piedras no son los mismo que cacerolazos. Éstos hacen resonar las legítimas demandas sociales, verdaderas y urgentes. Y su destinatario es el gobierno; el actual, el anterior y todos los que le precedieron hasta 30 años atrás. Las piedras, en cambio, apuntan al Estado mismo, a 200 años de bicentenario tricolor que formó algo más profundo y oscuro, derivado de resentimiento de generaciones de aquellos marginados en un Chile que le es ancho y ajeno. No son lo mismo. La manifestación política es la madre de la democracia; el vandalismo, su hijo putativo. A veces se confunden y cuesta reconocerlos.

Hoy los pensionados no pueden cobrar ni siquiera sus humildes pensiones y los trabajadores pierden sus sencillos trabajos. Lo que es peor de todo: Los alumnos han comenzado a perder clases, una de las mayores tragedias que puede tener un país, pues precisamente la carencia educativa es lo que acrecienta la desigualdad en la sociedad. Un niño que no estudia es el fracaso de una sociedad que consagra a perpetuidad así las tan criticadas diferencias en el pueblo. 

Pero distingamos: el Presidente tiene un doble rol: Es jefe de Estado y de Gobierno. Como gobierno, debe recoger y liderar el cambio, pues quien ejerce la soberanía es el pueblo -que por definición significa participación política- cuyo natural domicilio son los municipios. Sería un buen comienzo, por fin, para la democracia descentralizada que todos reclamamos en Chile. Por lo anterior, esta misma soberanía tiene como límite el respeto de los derechos humanos (de todos los humanos, sean estudiantes, madres solteras, homosexuales, indígenas y, aunque algunos no lo crean, también de carabineros y militares).

Como jefe de Estado (del gigante burocrático), el presidente no puede abdicar de la función esencial que ha pertenecido desde el origen histórico de todo Estado: La seguridad interior, que debe ser profesional, efectiva, eficiente e inteligente (palabra de mala fama en Chile, por desgracia, vinculada a recuerdos castrenses). Pero es necesaria, en la complejidad de los Estados modernos. Por eso, así como no se puede permitir saqueos ni incendios -que no constituyen manifestación de la soberanía, pues ellos van contra el pueblo mismo- tampoco se puede tener como resultado macabro el romper los globos oculares de una población que, precisamente abre los ojos para manifestarse políticamente, sin pillaje. La inteligencia sabe distinguir entre el manifestante y el vándalo.

Evidentemente, la población debe estar tranquila para ejercer la democracia real, que por décadas han secuestrado aquellos que viven de la política. Si no se actúa, será el Estado y no el gobierno de turno,  el acusado de falta de servicio. ¿Y quién pagará los daños? El mismo pueblo, con más impuestos y "contribuciones", prolongando eternamente el abuso (y las dietas) de los falsos representantes, al gigante alfeñique.

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