Latinoamérica: La última línea

Ejercer soberanía desde la última línea. Los niños deben ser atendidos y resguardados en una sociedad donde prime lo justo. 

Imagen de Rodrigo Muñoz
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13 de Enero, 2020 13:01

Hay jóvenes de primera línea que se arriesgan. Son idealistas. Hay otros -no tan jóvenes- que saquean, sin importar el color político, pues son los que se dedican al pillaje, ya se trate de terremoto, inundación o incendio. Están, además, los que perdieron irremediablemente toda fe en la sociedad. Esos son los prescindibles, de los que quiero hablar.

Son aquellos para los cuales la sociedad no es tal sociedad, sino un ajeno escenario donde se limitan a transitar como extras, perdidos, cansados que no los llamen a interpretar ningún papel, por mínimo que sea. Por eso, a la primera ocasión, rompen piezas de la escenografía institucionalizada, sin recibir -ni esperar recibir- nada a cambio. Increíblemente, son ellos el ejemplo que utilizan los teóricos para sostener sus posiciones políticas preguntándose: ¿fue la sociedad la culpable de su estado o son los mismos jóvenes los responsables, por su incapacidad? La respuesta a dicha pregunta defenderá tesis que financiarán universidades y ganarán o no, premios nobeles, según los paradigmas que imperen relativamente en la sociedad.

¿Hay respuesta unívoca?, como decimos majaderamente los abogados, hay que distinguir. En los momentos que escribo esto, me encuentro en pleno invierno canadiense, protegido por una cálida habitación de hotel cerca de Vancouver, mientras un frío bajo cero arrecia con las limpias calles de esta ciudad. Aprovecho de buscar alguna respuesta al mirar este país que nos lleva, se supone, décadas de ventajas en desarrollo.

Observo muchos jóvenes que vagan, producto de la droga perfectamente legalizada, como rubios zombis, emitiendo tristes alaridos de desconsuelo. El frío no pareciera importarles, pues los demonios de su cabeza los atormentan con escalofriante persistencia. Son, a diferencia de los angustiados drogadictos latinoamericanos, totalmente inofensivos. Esta extrema situación, si bien particular y concreta, quizás pueda dar luces en un análisis más amplio.

Este Estado norteamericano ha institucionalizado a tal punto la libertad individual, que además de permitir libremente el consumo, mantiene grandes casas de acogida -que los canadienses financian respetuosamente con sus impuestos- para que estos jóvenes puedan dormir. Sin embargo, a pesar de todo el gasto publico dedicado a ellos, estos jóvenes prefieren la calle como dormitorio. Veo a la gente pasar por su lado, madres bien vestidas con sus niños en coches cubiertos como pequeños esquimales. En Latinoamérica, ellas, sin duda, cruzarían la calle para no topárselos, pues es sabido que la droga está irremediablemente ligada al delito.

Pero en Canadá, como está dicho, estos jóvenes no necesitan robar para conseguir droga. Este sería un punto notable para los que preconizan la libertad como valor social. Sin embargo, si uno observa detenidamente el paso de esos ciudadanos con sus familias, puede percibir que son ya totalmente impasibles a la presencia y los aullidos guturales de estos jóvenes, lo que sugiere que se han insensibilizado al punto de transformarse, si se permite la arbitraria extrapolación, en una sociedad indiferente.

"Ellos son los responsables de sus destinos", diría un libertario. "Cada uno tiene la capacidad de juzgar lo que es bueno y lo que es malo".  Eso es cierto, en principio. La sociedad canadiense tomó una opción política y apostó por la libertad, en que cada uno de los ciudadanos asume los costos de sus decisiones, aunque ello implique que se autodestruyan y se mueran en las calles. Quizás es cierto, y en esta sociedad del lado norte del hemisferio, donde la gente es tan respetuosa que casi no necesita leyes que las orienten moralmente, como sucede, cada vez más, en Chile, la libertad pueda ejercerse hasta ese nivel porque simplemente tuvieron la oportunidad de hacerlo.

En Latinoamérica, por ello, no estoy tan seguro de esta carta blanca para ejercer su derecho -hasta aniquilarse- mientras cumpla con el deber cívico de no molestar al resto. Por dos razones: no veo ni he visto en Canadá ningún niño en "condición de calle" como en Latinoamérica. Evidentemente, quienes todavía tienen un espíritu desestimado por los códigos merecen el derecho primario a estudiar y formarse.  Por eso, abdicar del deber comunitario y político de proteger a aquellos que más adelante serán ciudadanos, lo considero un verdadero crimen de lesa humanidad, ya que consolida ad eternum, generaciones de prescindibles.

La segunda razón es ya sobradamente conocida, y que deriva de la falta de empatía y cultura de nuestras autoridades políticas, sobre todo los parlamentarios, que tienen convencida a la población de que los problemas sociales, éticos y hasta morales, se resuelven con la dictación de leyes. Estos personajes quieren ocupar la última línea del actual estallido, pero están tan preocupados de cuidar primero el negocio político que les da de comer en abundancia, que no ven las soluciones fundamentales para que todos tengan la oportunidad de ejercer su libertad correctamente.

Nuestro gran desafío es lograr la sensatez necesaria para empatizar (no solo tolerar) con esta realidad y estar atentos a que no aparezca, en el otro extremo, ningún partido o líder mesiánico que trate a los chilenos como un rebaño, diciéndoles por Decreto lo que es bueno y lo que es malo. Hace dos mil quinientos años los griegos, consideraron que el justo medio era una virtud personal y social. En Chile, podríamos denominarla como la combinación armónica de sensatez y empatía. La sociedad canadiense respeta -e incluso financia- a quienes tuvieron la oportunidad de aprovechar su vida y excepcionalmente la desperdiciaron y cuyos restos biológicos tarde o temprano desaparecerán de las frías calles indiferentes.

Es duro, pero realista, como diría Gabriela Mistral. Seguramente Canadá tendrá que lidiar con sus propios problemas de "país desarrollado". Mientras tanto, sin embargo, nosotros deberíamos ocupar la última línea, para ejercer realmente la soberanía, haciendo primar el justo medio para salvar a los niños, los imprescindibles, que todavía nos dan esperanza.

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