11 de septiembre: El último legado de Pinochet

11 de septiembre: El último legado de Pinochet

11 Septiembre 2020

La propiedad privada nunca más por sobre la vida humana. 

Enzo Varens >
authenticated user Corresponsal Corresponsal Ciudadano

“Libertad. 11-IX-1973”. Eso rezan todas las monedas acuñadas durante el período en que gobernó la dictadura cívico-militar encabezada por Augusto Pinochet. Libertad. Muerte. Sangre. Dolor. Hace ya cuarenta y siete años que asumió la Junta de Gobierno. Durante el período más oscuro de nuestra historia reciente, se realizaron distintas obras; todas ellas, pagadas con miles de vidas humanas. La más significativa de ellas es el marco normativo que aún nos rige, la carta fundamental de nuestro ordenamiento jurídico: la Constitución de 1980. Una constitución que descansa en la libertad del ser humano. “Las personas nacen libres”, comienza enunciando el artículo 1 de la misma. Pero esta libertad, comprada en valor de vidas arrancadas y almas destrozadas, a que hace alusión la Constitución y las monedas acuñadas, tiene una concepción muy diversa de la que se cree: es una libertad que descansa en el derecho de propiedad.

Para Hayek, la propiedad es una manifestación de la libertad, la piedra angular de la vida humana. Para Locke, la propiedad existe incluso antes del contrato social. Para Nozick, el derecho supremo, respecto del cual todos los demás se encuentran subordinados, es el derecho a ser dueños de uno mismo. Es así que, para nuestros padres fundadores de la Dictadura, la libertad no es sino el derecho a poseer bienes, “materiales e inmateriales”, según el artículo 19 N° 24 de la Constitución. Por ello, es práctica usual fundamentar los recursos de protección en el derecho de propiedad, pues éste, en la mecánica constitucional actual, engloba a todos los demás. Locke, Hayek, Friedmann y Nozick fueron todos autores inspiradores de los llamados “Chicago Boys”, y del principal ideólogo de la Constitución de 1980, Jaime Guzmán. Por ello, es importante indagar en su pensamiento. Hayek dijo que cualquier intervención estatal para ajustar las desigualdades sociales es ilegítima. Nozick refirió que la propiedad privada, adquirida y ostentada de manera legal, es inviolable, y las únicas políticas legítimas son aquellas que protegen esta propiedad. Para Friedmann, esta propiedad deriva del derecho de hacer lo que nos plazca, siempre y cuando respetemos el derecho de los demás de hacer lo mismo. Libertad, entonces, equivale a tener cosas. Si la propiedad preexiste a cualquier estructura social, como Locke razona, y el derecho supremo es la propiedad sobre uno mismo, como dice Nozick, el valor supremo no es la libertad, sino la propiedad, ya que la libertad no tiene sentido fuera de una estructura social. Las monedas de la dictadura, en verdad, ponen “Propiedad”, en vez de “Libertad”.

Pero la propiedad conlleva necesariamente el problema de la escasez: los bienes son finitos, y cualquiera que se apropie en demasía de uno de ellos, provocará que otro se vea privado de ellos. Y para ser realmente libres, incluso desde la perspectiva neoliberal, se requiere que ciertos bienes se encuentren al alcance de todos. Porque, ¿cómo es posible hacer lo que a uno le place si no se tiene educación, o salud, o un techo donde vivir? Aristóteles decía que una persona necesita ciertos bienes para ser feliz, entre ellos, un mínimo que permita satisfacer sus necesidades básicas. Porque, por regla general, no se puede ser feliz con hambre, ni se puede ser feliz estando en mal estado de salud. Ni se puede ser feliz cuando uno se encuentra en riesgo de que lo torturen, o maten a un familiar suyo.

Esta verdad fue olvidada por la dictadura. Al someter al terror de la DINA y la CNI a cientos de ciudadanos, sembraron las bases de la ilegitimidad de este orden constitucional. Porque no se puede ser libre si la vida está amenazada. Pero además, porque la libertad no es el derecho de hacer lo que nos plazca. Ni tampoco es el mero hecho de poseer bienes. La libertad es algo distinto a eso: en realidad, la libertad es el derecho a no ser objeto de dominación; a no ser sujeto de intervenciones arbitrarias en la vida de uno. Durante estos cuarenta y siete años, muchos chilenos y chilenas fueron objeto de dominación. Por la acumulación obscena y sin límites de la propiedad privada, que destruyó al pequeño comercio, impuso sueldos de hambre y generó pensiones miserables. Por la creación de un sistema asistencial en el cual se debe pagar (y mucho) para obtener bienes básicos, como una salud digna y una educación de calidad. Por la creación de un marco constitucional y legal que protege al más rico, y castiga al más pobre. Por las clases de ética. Por las boletas ideológicamente falsas. Por la justicia en la medida de lo posible.

Como Luis XVI y María Antonieta, hoy, 11 de septiembre de 2020, será el último año del “Antiguo Régimen” constitucional impuesto por la dictadura. El próximo año habrá una Convención Constitucional que estará redactando las bases futuras de un nuevo pacto social. Una nueva Constitución en la cual, espero, se establezca que la propiedad no es el bien supremo de la sociedad, como ocurre actualmente, sino que el derecho primordial sea el derecho a no ser dominados. Una sociedad en la que cada uno de nosotros pueda mirar a los ojos al otro, sin miedo ni temor reverencial.

Hoy será el último año en que las monedas digan “Propiedad”. A partir del próximo 11 de septiembre, las monedas realmente significarán “Libertad”.