El amo, el esclavo y el manipulador

El amo, el esclavo y el manipulador

07 Julio 2020

Breve historia de la infamia chilena.

Rodrigo Muñoz >
authenticated user Corresponsal Corresponsal Ciudadano

Un filósofo alemán de apellido Hegel escribió, hace ya dos siglos, que en el mundo existen dos conciencias antagonistas que históricamente se oponen de manera recíproca, buscando ambas el reconocimiento de la otra. Aquella que pierde (porque le tiene más miedo a la muerte) es la del esclavo y, la del amo, es la que vence. Es una metáfora, en cierta medida, del tiempo que le tocó vivir, pues pudo atestiguar con sus propios ojos cómo se extinguía morosamente un inmenso imperio medioeval que daba paso, sin mucha tregua, a la modernidad que hoy respiramos.

Nuestro Chile, como buen país latinoamericano, no podía estar ajeno a esa relación binaria (dialéctica la llamaría Marx), pero a su manera, es decir, a la chilena. Después de su independencia, la relación patronal-campesino conservó un símil con las relaciones vasalláticas europeas, más por arribismo de los señoritos criollos que por nobleza auténtica. Mal que mal, nuestro exiguo país era sólo un pobre y alejado reducto castrense, a diferencia de los reales Virreynatos de Perú y México. El amo y el esclavo hegeliano, sin embargo, en nuestro país hicieron una tregua en un instante histórico muy determinado: La Guerra del Pacífico. Frente a un enemigo externo común, el roto chileno, descalzo y andrajoso, peleó bajo el mismo sol junto al oficial, desafiando ambos, quizás por razones diferentes, la muerte. El primero tenía aquella salvaje temeridad del que no tiene nada que perder, el segundo, la audaz imprudencia de sentirse heredero, paradojalmente, del honor de los primeros criollos. La guerra generó así, dos fenómenos sociológicos sucesivos; extinguir transitoriamente la relación dialéctica del amo y el esclavo y hacer germinar otro prodigio mayor: El nacimiento de la Nación chilena como tal.

Estoy seguro que el espíritu del que hablan los eruditos que hace a una población sentirse, horizontalmente, parte de algo más grande, con un pasado y un futuro común, se gestó allí. No antes. La misma riqueza económica que logró nuestro país al resultar vencedor de dicho conflicto (de cuya explotación aún hoy Chile obtiene su sueldo), hizo que en los años 40 y 50, se observará el advenimiento de una nueva clase media, profesional y culta. Todo iba por buen camino. Era además una clase social con gran sentido ético y con mucho más interés en la cultura y la educación que en el dinero.

Los extremos, aunque siempre presentes, en la nueva nación, parecían disminuir. Sin embargo, la división y el conflicto parecen formar parte connatural a toda comunidad humana, sobre todo en una sociedad original de rentistas territoriales y trabajadores, como la chilena. Chile sería el único país latinoamericano capaz de contradecir La fenomenología del espíritu. Con lo que Hegel no contaba era con un determinado sujeto social chilensis, recién ascendido que, cuando llega al poder, se aprovecha. En vez de achicar los extremos, los aumenta, haciéndolos irreconciliables.

Es el político manipulador, que tiene menos valor que el roto chileno, y se ha transformado, en los hechos, en un recadero del rico. Digamos que los políticos de la época postguerra nunca reconocieron debidamente a sus veteranos héroes, aquellos gracias a los cuales ahora se alimentaban. Ser desagradecido y olvidadizo con el país es requisito indispensable para ser parlamentario. En los setenta, los movimientos sociales se expresaron con opresores y oprimidos y, como todo conflicto humano, con inocentes y culpables, en ambos lados. En los 80, con más víctimas que victimarios, más allá de las redadas y toques de queda, algo profundo, imperceptible y tristemente trivial se estaba manifestando: Nuestro país, laboratorio experimental de teorías económicas de la potencia de turno, había comenzado a cambiar valóricamente. Caí en esta cuenta, cuando un día mi madre me comentó melancólica, “nadie respeta a un hombre culto que anda en micro”. Había comenzado un nuevo paradigma: Un crecimiento económico sostenido a nivel macro, a costa de que la población entera se empobreciera culturalmente en términos reales. El relevo de esta carrera sin fin lo tomaron ávidamente, los gobiernos de la concertación. Se creyó que enriquecer a los parlamentarios era enriquecer la democracia. El político manipulador, sintiéndose reivindicado, se volvió impune. ¿Cómo dejamos que sucediera? Nada era suficiente para indemnizar a los honorables. Estos no hicieron otra cosa que dejar la mugre bajo la alfombra. Demuestra, un vergonzoso botón para nuestra ciudad, la querida Arica: La frase con la que el tristemente recordado senador flores comenzó su primer discurso -que sorprendió a sus electores y que se suponían de izquierda- fue: “¿Quién de los presentes tiene cien millones de dólares?. Parece que encantó, pues ganó las elecciones. Prometo que es cierto. ¿Cuál fue el truco de su negocio parlamentario? Hizo creer que todos podían ser microempresarios. “Emprendedores” le llamó. ¿Les resulta conocido?

Para que no se malinterprete, aclaro que aunque ejemplifico con un personaje, me refiero en realidad a todos los parlamentarios, sean de “izquierda o derecha”, cualquiera sea el significado de este término hoy en Chile. Es fácil extender el efecto psicológico que tiene no cumplir las expectativas y la ansiedad que esto genera en la gente. La gran masa de la población chilena vivía de una mentira cuando se agrandó nominalmente la clase media, para que todos se creyeran de incluidos en ella. Bastaba con tener auto y plasma y algunas cosas. Todos con una nueva ética; la aspiracional, aunque fuera debiéndole a todo mundo. Los discursos gritones reclamaban contra “La ética del dinero”. Pero había que hilar más fino: Era en realidad, “la ética del consumo, sin dinero. Recuerdo haber escuchado “yo no le pienso pagar a mis acreedores. Primero mis necesidades.” Todos creyeron en esta moralidad individual. Pero la verdad estaba disfrazada. Era como el viejo chiste del chofer que escondió su racismo convirtiendo a todos sus pasajeros en hombres de color verde. “Pero los verde claro adelante y los verde oscuro atrás”.  Exactamente el mismo fenómeno de prestidigitación sociológica vivimos por culpa de la corporación que utiliza el Congreso, que en este país, es quien realmente manda, al tener extendidos sus tentáculos por todas las reparticiones públicas de cada uno de los rincones del Estado. Así de simple. 

Mi abuelo me enseñó una ética distinta; que no le gustaba que le cobraran, y prefería pasar hambre a tener alguna deuda. Esa es la ética del caballero, que hoy es un animal en extinción. La mentira de la gran clase media, como toda mentira, no puede durar eternamente, y se descubrió cuando vimos el estallido social. Otra vez culpables e inocentes cayeron. Sus mandantes recién ahora están saliendo a la luz. Hegel diría que los extremos están vivos. El amo y el esclavo siguen vivos, porque le conviene mantenerlos al gran manipulador; el congresista, que parasita de todos nosotros.