Adiós infinito al “Geoglifo Uno”: Luis Briones, el hombre genial detrás de la sonrisa tímida

Adiós infinito al “Geoglifo Uno”: Luis Briones, el hombre genial detrás de la sonrisa tímida

17 Febrero 2021

Hoy, Luis no tiene que mirar las estrellas desde la tierra, está a su lado, libre y con el tiempo sin amarras.

Ada Angélica Rivas >
authenticated user Corresponsal Corresponsal Ciudadano

Ésta es una de las últimas entrevistas formales que realicé al profesional, experto en arte rupestre, de esos bakanes que existen en la vida, facilitador de coordenadas para llegar a lugares que pocos conocen, donde las piedras tienen mensajes milenarios que en 50 años no pudo descifrar. 

Ayer falleció Luis Briones Morales. Ya se había retirado el año 2012 a Matilla, donde construyó un observatorio astronómico y su refugio desde donde saboreaba las puestas de sol. En esta entrevista compartió su pensamiento íntimo y honesto, como solo él sabía hacerlo. 

Gracias Maestro, por esta oportunidad de ser parte de tu tiempo, que ahora se diluye en los recuerdos que dejas. 

ABRAZOS VERDADEROS 

Cuando recibió el reconocimiento como Hijo Ilustre de Arica, acogió muchos abrazos fraternos, de quienes se acercaron a felicitarlo y saber un poco de su vida, lejos de las aulas. Él señaló que era tiempo de abrazos y que se sentían cuando eran verdaderos. 

-Es como la alegría de estar vivos. 

Aludió a la oportunidad en que un ex colega lo llamó, pensando que había muerto y él le dijo: “Estoy más vivo que nunca”. 

En los seis meses transcurridos del año 2012, el ex académico, experto en arte rupestre, también conocido como el “Geoglifo Uno”, recibió tres importantes galardones. En mayo, el Premio Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural de Chile, otorgado por el Consejo de Monumentos Nacionales; en junio, el homenaje de la Sociedad de Investigadores de Arte Rupestre de Bolivia; y en julio, el nombramiento de Hijo Ilustre de Arica, por parte de la Municipalidad de Arica. 

-Fue una sorpresa, porque uno se retira a los cuarteles de invierno, a disfrutar su “vejentud”, y dice: la tarea está hecha, ahora vivo por mi cuenta, sin jefe, sin nada. 

Se consideraba un hombre del norte. Nació en Pedro de Valdivia, vivió su niñez en Pica y su juventud en Iquique. En Santiago estudió Artes Plásticas en la Universidad de Chile, también arqueología, pero no se tituló. Desde 1974 habitó Arica, su segunda patria. Hasta los 70 años trabajó en la Universidad de Tarapacá. Precisamente el año 2010 dejó su apasionante quehacer como investigador en el Museo de San Miguel de Azapa, para volver a sus raíces al interior de Iquique. 

Desde niño se interesó en los vestigios arqueológicos y se hizo preguntas sobre su existencia. A los 15 años, junto a su primo Lautaro Núñez –Premio Nacional de Historia- una caminata de 150 kilómetros desde Iquique a Pica fue reveladora de lo que seguiría en el tiempo venidero, hasta completar casi 50 años dedicados al estudio de los mensajes simbólicos de las piedras. 

-Puede que sea un poco quijotesco lo que uno hace en la vida porque tiene que luchar contra los molinos, pero también tiene amigos y gente que estima. Aparentemente vivimos en un mundo solitario, pero está lleno de afecto, desde el perro que tienes, hasta el árbol que criaste, puedes conversar con ellos porque son parte de ti. 

Dice que cree en el destino, pero nunca imaginó qué sucedería en los 10 años siguientes. En la Sede Arica de la Universidad de Chile en ese entonces, postuló a la cátedra de Historia del Arte Iberoamericano. 

-Si vamos a la historia del arte universal, las dos últimas páginas están dedicadas a América, específicamente la cultura azteca y los incas. Yo me propuse enseñar el arte que conocimos en la arqueología, comencé a enseñar el arte iberoamericano prehispano desde México a Tierra del Fuego. 

Los petroglifos –diseños simbólicos grabados en rocas- aparecieron en su vida cuando hizo su tesis para optar al título de Profesor de Estado en Artes Plásticas y estudió el sitio de petroglifos Tarapacá 47. Pero siempre fueron un enigma sin descifrar. 

-Seamos honestos, lo único que uno logra es saber que cada vez sabe menos. 

Desde que se tituló se dedicó a los petroglifos, luego al arte religioso, lo cual fue un paréntesis cuando trabajó en un proyecto de la Organización de Estados Americanos. 

-Cuando se creó la Universidad de Tarapacá, en 1982, me fui a trabajar al Museo Arqueológico San Miguel de Azapa, donde fui recibido por don Guillermo Focacci. Nos apropiamos de una nueva filosofía, de cómo iba a hacerse el estudio del arte rupestre en forma sistemática, después trabajamos en proyectos Fondecyt, pero el signo de interrogación sigue creciendo, aún cuando hemos dimensionado los sitios. 

Luis Briones no se detiene al conversar mágicamente de su mundo profesional. 

-Sin ser artista tendría la capacidad de entender a los artistas, pero también desde el punto de vista de la arqueología, hacer hablar a los objetos, que nos digan qué son, de dónde vienen, quiénes los hicieron. Junto esas dos disciplinas, el arte y la arqueología, estoy en ese filo, pero cuando uno llega a un sitio arqueológico, donde nadie ha llegado supuestamente en miles de años, no cabe otra cosa que emocionarse. 

El investigador descubrió hace cinco años un geoglifo, a través de un sistema satelital; empezó a recorrer los senderos del desierto por los que ya había pasado a pie o en diversos vehículos. 

-De repente me doy cuenta que voy por un lugar donde nunca había estado y me llama la atención un círculo, le hago el zoom y me encuentro con la figura de un sol que mide sobre 20 metros de diámetro, ubicado en el alto sur de la Quebrada de Retamilla. 

Para él la mirada desde el satélite es la visión del cóndor. La visión del lagarto es la que emerge desde su propio andar. Pero aboga por el sueño de ser pájaro, por la libertad y posibilidad de ver lo que los terrestres no pueden. 

A sus 72 años las alas de Luis Briones lo llevaron a una isla desértica, ubicada al norte de Matilla, a 1.200 metros sobre el nivel del mar, en un pie de monte desde donde tiene la dicha de ver casi la redondez de la tierra. 

-Me levanto y acuesto con el sol, recién me doy cuenta de lo que he hecho, porque el día se me hace corto. Disfruto las puestas de sol y las espero, como también los amaneceres. 

Cuando trabajaba estaba inserto en el juego de las responsabilidades y ver una puesta de sol era difícil. 

-Se te pasa gran parte de la vida, pensando en lo que vas a hacer. Ahora estoy más integrado a la naturaleza, estoy más cerca de la piedra, de la arena, del sol, de la luna y del aire. 

Confiesa que en el fondo hay cierto grado de planificación, pero nunca pensó que iba a lograr este estado. 

-Porque vivo con mi señora que no es del norte y a ella le cuesta mucho adaptarse al lugar. 

Tiene un contenedor que camufló con barro y caña, le construyó un corredor con ambiente salitrero, más un horno y una cocina de barro. En el segundo piso está su oficina desde donde ve el desierto interminable. 

No eligió el lugar, al contrario, tiene claro que el lugar lo eligió a él. 

Con celular y banda ancha, el Geoglifo Uno tiene su vida ocupada, una chacra con 58 árboles de 30 metros en Pica, heredada y de cien años. 

-Tuve una tortuga y una burra, pero se murieron. Ahora me acompañan dos cachorritos y los pajaritos que cantan en la mañana. 

Sus dos hijos están trabajando en Santiago, pero sus amigos llegan cada vez que los convoca. Es la oportunidad de disfrutar las infinitas estrellas desde su observatorio astronómico, un Intiwatana, utilizada en los grandes centros ceremoniales del Tahuantinsuyu para medir el tiempo. 

-Yo la uso para amarrar el sol en el solsticio de invierno. 

Es su nuevo reducto, donde disfruta las infinitas estrellas… 

Hoy, Luis no tiene que mirar las estrellas desde la tierra, está a su lado, libre y con el tiempo sin amarras.

¡Gracias maestro! 

Adiós infinito al “Geoglifo Uno” 

Luis Briones, el hombre genial detrás de la sonrisa tímida 

 

Ésta es una de las últimas entrevistas formales que realicé al profesional, experto en arte rupestre, de esos bakanes que existen en la vida, facilitador de coordenadas para llegar a lugares que pocos conocen, donde las piedras tienen mensajes milenarios que en 50 años no pudo descifrar. 

Ayer falleció Luis Briones Morales. Ya se había retirado el año 2012 a Matilla, donde construyó un observatorio astronómico y su refugio desde donde saboreaba las puestas de sol. En esta entrevista compartió su pensamiento íntimo y honesto, como solo él sabía hacerlo. 

Gracias Maestro, por esta oportunidad de ser parte de tu tiempo, que ahora se diluye en los recuerdos que dejas. 

ABRAZOS VERDADEROS 

Cuando recibió el reconocimiento como Hijo Ilustre de Arica, acogió muchos abrazos fraternos, de quienes se acercaron a felicitarlo y saber un poco de su vida, lejos de las aulas. Él señaló que era tiempo de abrazos y que se sentían cuando eran verdaderos. 

-Es como la alegría de estar vivos. 

Aludió a la oportunidad en que un ex colega lo llamó, pensando que había muerto y él le dijo: “Estoy más vivo que nunca”. 

En los seis meses transcurridos del año 2012, el ex académico, experto en arte rupestre, también conocido como el “Geoglifo Uno”, recibió tres importantes galardones. En mayo, el Premio Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural de Chile, otorgado por el Consejo de Monumentos Nacionales; en junio, el homenaje de la Sociedad de Investigadores de Arte Rupestre de Bolivia; y en julio, el nombramiento de Hijo Ilustre de Arica, por parte de la Municipalidad de Arica. 

-Fue una sorpresa, porque uno se retira a los cuarteles de invierno, a disfrutar su “vejentud”, y dice: la tarea está hecha, ahora vivo por mi cuenta, sin jefe, sin nada. 

Se consideraba un hombre del norte. Nació en Pedro de Valdivia, vivió su niñez en Pica y su juventud en Iquique. En Santiago estudió Artes Plásticas en la Universidad de Chile, también arqueología, pero no se tituló. Desde 1974 habitó Arica, su segunda patria. Hasta los 70 años trabajó en la Universidad de Tarapacá. Precisamente el año 2010 dejó su apasionante quehacer como investigador en el Museo de San Miguel de Azapa, para volver a sus raíces al interior de Iquique. 

Desde niño se interesó en los vestigios arqueológicos y se hizo preguntas sobre su existencia. A los 15 años, junto a su primo Lautaro Núñez –Premio Nacional de Historia- una caminata de 150 kilómetros desde Iquique a Pica fue reveladora de lo que seguiría en el tiempo venidero, hasta completar casi 50 años dedicados al estudio de los mensajes simbólicos de las piedras. 

-Puede que sea un poco quijotesco lo que uno hace en la vida porque tiene que luchar contra los molinos, pero también tiene amigos y gente que estima. Aparentemente vivimos en un mundo solitario, pero está lleno de afecto, desde el perro que tienes, hasta el árbol que criaste, puedes conversar con ellos porque son parte de ti. 

Dice que cree en el destino, pero nunca imaginó qué sucedería en los 10 años siguientes. En la Sede Arica de la Universidad de Chile en ese entonces, postuló a la cátedra de Historia del Arte Iberoamericano. 

-Si vamos a la historia del arte universal, las dos últimas páginas están dedicadas a América, específicamente la cultura azteca y los incas. Yo me propuse enseñar el arte que conocimos en la arqueología, comencé a enseñar el arte iberoamericano prehispano desde México a Tierra del Fuego. 

Los petroglifos –diseños simbólicos grabados en rocas- aparecieron en su vida cuando hizo su tesis para optar al título de Profesor de Estado en Artes Plásticas y estudió el sitio de petroglifos Tarapacá 47. Pero siempre fueron un enigma sin descifrar. 

-Seamos honestos, lo único que uno logra es saber que cada vez sabe menos. 

Desde que se tituló se dedicó a los petroglifos, luego al arte religioso, lo cual fue un paréntesis cuando trabajó en un proyecto de la Organización de Estados Americanos. 

-Cuando se creó la Universidad de Tarapacá, en 1982, me fui a trabajar al Museo Arqueológico San Miguel de Azapa, donde fui recibido por don Guillermo Focacci. Nos apropiamos de una nueva filosofía, de cómo iba a hacerse el estudio del arte rupestre en forma sistemática, después trabajamos en proyectos Fondecyt, pero el signo de interrogación sigue creciendo, aún cuando hemos dimensionado los sitios. 

Luis Briones no se detiene al conversar mágicamente de su mundo profesional. 

-Sin ser artista tendría la capacidad de entender a los artistas, pero también desde el punto de vista de la arqueología, hacer hablar a los objetos, que nos digan qué son, de dónde vienen, quiénes los hicieron. Junto esas dos disciplinas, el arte y la arqueología, estoy en ese filo, pero cuando uno llega a un sitio arqueológico, donde nadie ha llegado supuestamente en miles de años, no cabe otra cosa que emocionarse. 

El investigador descubrió hace cinco años un geoglifo, a través de un sistema satelital; empezó a recorrer los senderos del desierto por los que ya había pasado a pie o en diversos vehículos. 

-De repente me doy cuenta que voy por un lugar donde nunca había estado y me llama la atención un círculo, le hago el zoom y me encuentro con la figura de un sol que mide sobre 20 metros de diámetro, ubicado en el alto sur de la Quebrada de Retamilla. 

Para él la mirada desde el satélite es la visión del cóndor. La visión del lagarto es la que emerge desde su propio andar. Pero aboga por el sueño de ser pájaro, por la libertad y posibilidad de ver lo que los terrestres no pueden. 

A sus 72 años las alas de Luis Briones lo llevaron a una isla desértica, ubicada al norte de Matilla, a 1.200 metros sobre el nivel del mar, en un pie de monte desde donde tiene la dicha de ver casi la redondez de la tierra. 

-Me levanto y acuesto con el sol, recién me doy cuenta de lo que he hecho, porque el día se me hace corto. Disfruto las puestas de sol y las espero, como también los amaneceres. 

Cuando trabajaba estaba inserto en el juego de las responsabilidades y ver una puesta de sol era difícil. 

-Se te pasa gran parte de la vida, pensando en lo que vas a hacer. Ahora estoy más integrado a la naturaleza, estoy más cerca de la piedra, de la arena, del sol, de la luna y del aire. 

Confiesa que en el fondo hay cierto grado de planificación, pero nunca pensó que iba a lograr este estado. 

-Porque vivo con mi señora que no es del norte y a ella le cuesta mucho adaptarse al lugar. 

Tiene un contenedor que camufló con barro y caña, le construyó un corredor con ambiente salitrero, más un horno y una cocina de barro. En el segundo piso está su oficina desde donde ve el desierto interminable. 

No eligió el lugar, al contrario, tiene claro que el lugar lo eligió a él. 

Con celular y banda ancha, el Geoglifo Uno tiene su vida ocupada, una chacra con 58 árboles de 30 metros en Pica, heredada y de cien años. 

-Tuve una tortuga y una burra, pero se murieron. Ahora me acompañan dos cachorritos y los pajaritos que cantan en la mañana. 

Sus dos hijos están trabajando en Santiago, pero sus amigos llegan cada vez que los convoca. Es la oportunidad de disfrutar las infinitas estrellas desde su observatorio astronómico, un Intiwatana, utilizada en los grandes centros ceremoniales del Tahuantinsuyu para medir el tiempo. 

-Yo la uso para amarrar el sol en el solsticio de invierno. 

Es su nuevo reducto, donde disfruta las infinitas estrellas… 

Hoy, Luis no tiene que mirar las estrellas desde la tierra, está a su lado, libre y con el tiempo sin amarras. Gracias maestro! Adiós infinito al “Geoglifo Uno” 

Luis Briones, el hombre genial detrás de la sonrisa tímida 

 

Ésta es una de las últimas entrevistas formales que realicé al profesional, experto en arte rupestre, de esos bakanes que existen en la vida, facilitador de coordenadas para llegar a lugares que pocos conocen, donde las piedras tienen mensajes milenarios que en 50 años no pudo descifrar. 

Ayer falleció Luis Briones Morales. Ya se había retirado el año 2012 a Matilla, donde construyó un observatorio astronómico y su refugio desde donde saboreaba las puestas de sol. En esta entrevista compartió su pensamiento íntimo y honesto, como solo él sabía hacerlo. 

Gracias Maestro, por esta oportunidad de ser parte de tu tiempo, que ahora se diluye en los recuerdos que dejas. 

ABRAZOS VERDADEROS 

Cuando recibió el reconocimiento como Hijo Ilustre de Arica, acogió muchos abrazos fraternos, de quienes se acercaron a felicitarlo y saber un poco de su vida, lejos de las aulas. Él señaló que era tiempo de abrazos y que se sentían cuando eran verdaderos. 

-Es como la alegría de estar vivos. 

Aludió a la oportunidad en que un ex colega lo llamó, pensando que había muerto y él le dijo: “Estoy más vivo que nunca”. 

En los seis meses transcurridos del año 2012, el ex académico, experto en arte rupestre, también conocido como el “Geoglifo Uno”, recibió tres importantes galardones. En mayo, el Premio Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural de Chile, otorgado por el Consejo de Monumentos Nacionales; en junio, el homenaje de la Sociedad de Investigadores de Arte Rupestre de Bolivia; y en julio, el nombramiento de Hijo Ilustre de Arica, por parte de la Municipalidad de Arica. 

-Fue una sorpresa, porque uno se retira a los cuarteles de invierno, a disfrutar su “vejentud”, y dice: la tarea está hecha, ahora vivo por mi cuenta, sin jefe, sin nada. 

Se consideraba un hombre del norte. Nació en Pedro de Valdivia, vivió su niñez en Pica y su juventud en Iquique. En Santiago estudió Artes Plásticas en la Universidad de Chile, también arqueología, pero no se tituló. Desde 1974 habitó Arica, su segunda patria. Hasta los 70 años trabajó en la Universidad de Tarapacá. Precisamente el año 2010 dejó su apasionante quehacer como investigador en el Museo de San Miguel de Azapa, para volver a sus raíces al interior de Iquique. 

Desde niño se interesó en los vestigios arqueológicos y se hizo preguntas sobre su existencia. A los 15 años, junto a su primo Lautaro Núñez –Premio Nacional de Historia- una caminata de 150 kilómetros desde Iquique a Pica fue reveladora de lo que seguiría en el tiempo venidero, hasta completar casi 50 años dedicados al estudio de los mensajes simbólicos de las piedras. 

-Puede que sea un poco quijotesco lo que uno hace en la vida porque tiene que luchar contra los molinos, pero también tiene amigos y gente que estima. Aparentemente vivimos en un mundo solitario, pero está lleno de afecto, desde el perro que tienes, hasta el árbol que criaste, puedes conversar con ellos porque son parte de ti. 

Dice que cree en el destino, pero nunca imaginó qué sucedería en los 10 años siguientes. En la Sede Arica de la Universidad de Chile en ese entonces, postuló a la cátedra de Historia del Arte Iberoamericano. 

-Si vamos a la historia del arte universal, las dos últimas páginas están dedicadas a América, específicamente la cultura azteca y los incas. Yo me propuse enseñar el arte que conocimos en la arqueología, comencé a enseñar el arte iberoamericano prehispano desde México a Tierra del Fuego. 

Los petroglifos –diseños simbólicos grabados en rocas- aparecieron en su vida cuando hizo su tesis para optar al título de Profesor de Estado en Artes Plásticas y estudió el sitio de petroglifos Tarapacá 47. Pero siempre fueron un enigma sin descifrar. 

-Seamos honestos, lo único que uno logra es saber que cada vez sabe menos. 

Desde que se tituló se dedicó a los petroglifos, luego al arte religioso, lo cual fue un paréntesis cuando trabajó en un proyecto de la Organización de Estados Americanos. 

-Cuando se creó la Universidad de Tarapacá, en 1982, me fui a trabajar al Museo Arqueológico San Miguel de Azapa, donde fui recibido por don Guillermo Focacci. Nos apropiamos de una nueva filosofía, de cómo iba a hacerse el estudio del arte rupestre en forma sistemática, después trabajamos en proyectos Fondecyt, pero el signo de interrogación sigue creciendo, aún cuando hemos dimensionado los sitios. 

Luis Briones no se detiene al conversar mágicamente de su mundo profesional. 

-Sin ser artista tendría la capacidad de entender a los artistas, pero también desde el punto de vista de la arqueología, hacer hablar a los objetos, que nos digan qué son, de dónde vienen, quiénes los hicieron. Junto esas dos disciplinas, el arte y la arqueología, estoy en ese filo, pero cuando uno llega a un sitio arqueológico, donde nadie ha llegado supuestamente en miles de años, no cabe otra cosa que emocionarse. 

El investigador descubrió hace cinco años un geoglifo, a través de un sistema satelital; empezó a recorrer los senderos del desierto por los que ya había pasado a pie o en diversos vehículos. 

-De repente me doy cuenta que voy por un lugar donde nunca había estado y me llama la atención un círculo, le hago el zoom y me encuentro con la figura de un sol que mide sobre 20 metros de diámetro, ubicado en el alto sur de la Quebrada de Retamilla. 

Para él la mirada desde el satélite es la visión del cóndor. La visión del lagarto es la que emerge desde su propio andar. Pero aboga por el sueño de ser pájaro, por la libertad y posibilidad de ver lo que los terrestres no pueden. 

A sus 72 años las alas de Luis Briones lo llevaron a una isla desértica, ubicada al norte de Matilla, a 1.200 metros sobre el nivel del mar, en un pie de monte desde donde tiene la dicha de ver casi la redondez de la tierra. 

-Me levanto y acuesto con el sol, recién me doy cuenta de lo que he hecho, porque el día se me hace corto. Disfruto las puestas de sol y las espero, como también los amaneceres. 

Cuando trabajaba estaba inserto en el juego de las responsabilidades y ver una puesta de sol era difícil. 

-Se te pasa gran parte de la vida, pensando en lo que vas a hacer. Ahora estoy más integrado a la naturaleza, estoy más cerca de la piedra, de la arena, del sol, de la luna y del aire. 

Confiesa que en el fondo hay cierto grado de planificación, pero nunca pensó que iba a lograr este estado. 

-Porque vivo con mi señora que no es del norte y a ella le cuesta mucho adaptarse al lugar. 

Tiene un contenedor que camufló con barro y caña, le construyó un corredor con ambiente salitrero, más un horno y una cocina de barro. En el segundo piso está su oficina desde donde ve el desierto interminable. 

No eligió el lugar, al contrario, tiene claro que el lugar lo eligió a él. 

Con celular y banda ancha, el Geoglifo Uno tiene su vida ocupada, una chacra con 58 árboles de 30 metros en Pica, heredada y de cien años. 

-Tuve una tortuga y una burra, pero se murieron. Ahora me acompañan dos cachorritos y los pajaritos que cantan en la mañana. 

Sus dos hijos están trabajando en Santiago, pero sus amigos llegan cada vez que los convoca. Es la oportunidad de disfrutar las infinitas estrellas desde su observatorio astronómico, un Intiwatana, utilizada en los grandes centros ceremoniales del Tahuantinsuyu para medir el tiempo. 

-Yo la uso para amarrar el sol en el solsticio de invierno. 

Es su nuevo reducto, donde disfruta las infinitas estrellas… 

Hoy, Luis no tiene que mirar las estrellas desde la tierra, está a su lado, libre y con el tiempo sin amarras. Gracias maestro!