Las siete vidas de Luka Williams: Cuando la vida transforma el dolor en amor

Las siete vidas de Luka Williams: Cuando la vida transforma el dolor en amor

26 Enero 2021

Entrevista Erika, madre de rugbista que sufrió grave accidente que cambió su vida para siempre.

Ada Angélica Rivas >
authenticated user Corresponsal Corresponsal Ciudadano

 Ese sábado cinco de octubre del año 2019 todo se detuvo. Erika Ortiz, la madre de Luka Williams había planificado cocinar algo especial, por lo que concurrió al Terminal del Agro en Arica, pero el destino fue un almuerzo rápido, ya que su hijo tenía partido de rugby. Almorzaron juntos, lo abrazó y se dio cuenta de un inusual dolor del cuerpo de su retoño, por lo que su marido, Wilbert, acotó que no fuera a la cancha. Pero los planes tenían que continuar.

La vida de esta ariqueña, más conocida como Kika, nacida en la población O’Higgins, se fue completando con su marido y sus hijos Luka, Jordan y Belén. A los 50 años terminó el cuarto medio, dio la PSU y el examen de conducir, luego inició su trabajo como tía de un bus escolar que la hizo feliz, porque ama el contacto físico, conversar y recordar sus vivencias junto a sus mejores amigas.

ACCIDENTADA NIÑEZ

Nació Jordan, su único hijo pronosticado, para ella una guagua ideal, y luego Luka, cuyo embarazo lo advirtió a los cuatro meses, estaba demasiado delgada para darse cuenta. El doctor, con quien había programado una cesárea en agosto, le dijo al séptimo mes que los latidos de su hijo eran muy débiles y era un riesgo. Así nació Luka el 12 de julio de 1992, con el cordón umbilical en el cuello, 2 kilos 600 gramos, 48 centímetros y tomándole los dedos al médico.

En su niñez vivió varios episodios claramente recordados por Erika. A los ocho días de nacido, ella bebió una caja de leche, que provocó abundancia en el amamantamiento del pequeño, al punto de asfixiarse.  

-Lo miré, lo empecé a mover, pensé que se moría, me fui desesperada al hospital, hasta que una enfermera me dice: tu hijo está bien…

Cuando tenía un año cuatro meses iba en el asiento de atrás de un colectivo junto a su madre y hermano, con su manito movió la puerta e hizo el intento de abrazar a su padre que iba adelante, se apoyó y salió literalmente volando, quedando botado en la calle. Era un domingo de poco tránsito.

-Mi marido me dice, si le pasó algo a mi hijo te mato. El vehículo se detuvo, me fui corriendo, lo recojo y abrazo, él lloraba y nos fuimos a la posta. No tenía ni un rasguño, solo un pequeño chichón en la cabeza.

Luka nació aferrado a una pequeña mantita, que permaneció largo tiempo junto a él. A los dos años, mientras estaba con su madre en el segundo piso de la casa, pretendió bajar al primer nivel a buscar el preciado “tuto”, pero se resbaló y cayó por la escalera.

-Bajé corriendo y lo primero que veo son sus patitas, estaba morado, me puse a gritar. Mis vecinos nos llevaron en una camioneta a la posta, y no tenía nada.

A los ocho años tuvo una intensa fiebre y vómitos, fueron a la Clínica San José donde advierten que su convenio de salud había caducado.

-Se acercó una niña colorina, que le limpió la ropa a Luka y luego me pasó 10 mil pesos para pagar la consulta. Era fin de semana. El lunes fuimos a cancelarle y agradecer y nos dicen que no hay nadie con esas características. Tiempo después, un padre nos comentó que eran ángeles y que Luka era súper afortunado.

Kika, emocionada recuerda la vida de su hijo, antes que el tiempo se detuviera, para mirarse hacia adentro, donde la piel se sumerge con la emoción y no deja espacio al miedo, ni al rencor.

PROPÓSITOS CLAROS

Señala que fue un niño extremadamente correcto, educado, empeñoso y muy enfocado en sus propósitos.

-Un día estaba haciendo las tareas, le digo: hijo, ¿te hago los dibujitos?, y él responde: no, porque esto es mío, tienen que ser mis dibujos.

Era un joven práctico, seguro, simpático, inteligente y buena onda y podía ejecutar muchas cosas sin desatender otras, destacando por su inteligencia emocional, un maestro para sus cercanos.

-Yo nunca entendí a Luka hasta el día del accidente, tenía problemas con su personalidad, encontraba que no tenía apego y era demasiado autosuficiente. Me decía: Kika, los hábitos son súper importantes, yo nunca tuve hábitos, soy muy dispersa, en el colegio me encantaba estar con los más desordenados, pero él me marcó al hueso las cosas que eran verdades.

A los 14 años, Luka empezó a trabajar en un supermercado e inició sus ahorros; a los 16, a jugar rugby; luego estudió Tecnología Médica, especialidad Oftalmología, y en segundo año de la carrera se fue a Estados Unidos, gracias a una beca de tres meses, pero que extendió por un total de siete, ya que estudió inglés en la Universidad de Iowa, donde conoció a su esposa Megan, quien hizo su práctica en la India, lugar al que él se fue apenas terminó la carrera, quedándose por dos años antes de regresar a Arica.

-Siento que él avanzó en planes espirituales, lo vivencié durante un mes y medio en que estuvimos almorzando solos en casa. Descubrí lo libre que es el ser humano cuando vive sin apego.

Andaba corriendo para todos lados, tenía su patineta que había traído de Estados Unidos, se cambiaba su traje blanco y luego se ponía el morado, para atender a los niñitos de la Junaeb. Era una locura.

CINCO DE OCTUBRE

Como era vegetariano llegó con 10 kilos menos de la India y sin musculatura y ese cinco de octubre lo llamaron para el campeonato del Club Los Leones. Se fue al partido de las 15:30 horas. Nadie lo acompañó. Era sábado, tenía que firmar el contrato de trabajo y el de arriendo de la casa que ocuparía con su esposa, el lunes siguiente.

-Yo andaba en el cementerio, mi marido me llamó y me dijo: Kika, anda a la posta porque Luka tuvo un accidente, en mi mente dije: nada malo, pensé que se había quebrado una pierna o un brazo. En la posta veo esa cara de turbación cuando tenía ocho años y le molía la comida en la licuadora. Sus ojos grandes llenos de lágrimas y su voz que me dice: Kika, estoy asustado, no siento mi cuerpo. Ahí yo empiezo a golpear con mi celular el fierro de la camilla.

Un enfermero le dijo: esto es grave; después el médico: “su hijo desde el cuello hacia abajo nunca más se va a poder mover, porque está agarrado del 20 % de su médula y el daño es irreparable”.

-Yo solo quería matar al responsable de este accidente, pensé en buscar un palo y pegarle, pero apareció la esposa de Luka y me dice que no es necesario, que la energía la necesita él. De repente volví a mi centro y dije: tiene razón, mi hijo me necesita.

El golpe en la cervical dejó su cuerpo sin control porque empezó a desconectarse, hubo un mal procedimiento, sin especialistas en la cancha, un encuentro fuera de lugar y sin protocolo. Fue el partido que nunca debió haberse jugado.

Estuvo dos días en el hospital, y su dolor se fue calmando, gracias a la meditación. Uno de los entrenadores gestionó un avión ambulancia, cuyo piloto era su amigo. De ahí en adelante hubo muchas conexiones. Antes de partir, le pidió a su madre que buscara a quien era parte del accidente y le dijera que “lo que pasó en la cancha quedó en la cancha” y le diera un fuerte abrazo. Erika buscó al joven, pero nadie le entregaba señales donde ubicarlo. Hasta que lo encontró y le dio el recado.

En Santiago, Luka quedó dos meses grave en la UCI, en un centro de neurocirugía, fue operado dos veces, le pusieron titanio para afirmarle el cuello y también lo intubaron. Estuvo en coma inducido, cuando abrió los ojos solo se puso a llorar. El entorno familiar confió en su fortaleza interior y decidió darle fuerzas y no atraer malas energías. Así pasaron los días, algunos alegres y otros de infinita tristeza, hasta que llegó a la sala común sin poder hablar y con crisis de pánico. Luego, lo cambiaron a una sala que tenía una ventana por donde se veían los árboles. Aunque se le alojó una bacteria, todo fue mejor.

Aprendió a respirar, luego a masticar, acompañado de nutricionista, fonoaudióloga, enfermera, el amor de Megan, su esposa; de Kika, su madre, que se había trasladado a Santiago, vendiendo todas sus cosas, para estar con él en su recuperación; y su hermano del alma, Jordan.

En noviembre del año pasado, el avión ambulancia estaba listo para regresarlo a Arica. Pero decidieron que no era el momento, porque en la capital había literalmente todo lo que él necesitaba. Así lo llevaron a un centro de rehabilitación, donde era el único paciente que podía hablar.

El kinesiólogo les dijo que nunca iba a caminar ni moverse, aunque le hicieron todo tipo de ejercicios. Ingresó al Instituto Pedro Aguirre Cerda. Le sacaron la traqueotomía, le fe continuó intacta.

En todo este proceso se encontraron con el movimiento social y la pandemia. Recibieron apoyo de muchos amigos y gente del rugby. Luka pudo ir a la casa que arrendaron en Quilín, habilitada con todo lo necesario para su recuperación, mientras en Arica se hizo una Lukatón para apoyarlo.

NUEVO COMIENZO

Kika decidió regresar a Arica en julio del 2020, a partir de nuevo, y con una gran ansiedad. El accidente de su hijo los dejó a todos heridos, pero con cambios, conscientes en la vida, de perder el miedo a las mariposas nocturnas, de dejar la rabia olvidada en una cancha de rugby, para trasmutar a otro sentimiento más profundo, de agradecimiento, por la voz que puede escuchar, por sentir el brazo de su hijo moviéndose poco a poco, por imaginar que todo tiene un propósito, que nada ha sido casual.

-A mí me tocó un cabro súper especial, yo sabía que no era mío desde el día que nació y empezó a crecer, no era como nosotros, ni como sus hermanos, creo que es un alma vieja, un sabio, una reencarnación, que nos eligió como padres.

Luka dice que terminó su proceso, que su alma, cuerpo y espíritu ya están en su centro, que hay que aceptar la vida con todo lo que hay ahí.

Kika empezó a escribir en un cuaderno lo que sentía, a meditar y leer libros de metafísica. Siente que su hijo es un ser de luz y que el accidente les dio una oportunidad de vivir de otra forma, una experiencia donde el dolor se transmutó en amor.

Es primera vez que habla de este tema, cuando sintió que la experiencia era parte de su sanación, sin rencor, con una conciencia amable, viviendo en plenitud el antes y después de esta vivencia, que removió las capas profundas de su alma.

Hoy vive junto a su hija Belén, que llegó cuando ella tenía 40 años y ha sido su mejor compañera. Desde la distancia viven día a día el proceso de Luka que se inicia cada día a las 5.45 de la madrugada, cuando lo levantan con un tecle de la cama, luego sube a su silla, puede mover un brazo, rascarse la nariz y ahora sentir la parte superior del cuerpo. Es la historia de un milagro contra todos los pronósticos humanos. 

-Me siento tan libre…