Tristeza profunda: Hipólito se nos fue en septiembre por el Coronavirus

Tristeza profunda: Hipólito se nos fue en septiembre por el Coronavirus

30 Septiembre 2020

Falleció profesional de la UTA que se contagió con Covid en el hospital. Un ser humano infinitamente bueno con los demás, que encontró la paz que tantas veces se le negó en vida.

Ada Angélica Rivas >
authenticated user Corresponsal Corresponsal Ciudadano

Justo en la mitad del mes de septiembre, el día 15, Hipólito se marchó para siempre. En el diario apareció un aviso de defunción de sus ex compañeros del Colegio San Marcos, dándole la despedida. Hipólito Núñez Montenegro, criado en el valle de Azapa, era un hombre correcto, solitario, que no le hacía daño a nadie, bueno del alma y, a veces, casi invisible para muchos.  

Era joven y trabajaba en el campus Velásquez de la Universidad de Tarapacá, como tecnólogo médico en microbiología, la profesión que le llenaba la vida y que le costó obtener, pero la perseverancia dio sus frutos, porque amaba la ciencia. Quienes lo conocieron como estudiante y luego, como profesional, recuerdan su existencia y comparten sus dolores.

Llegó al Hospital de Arica por una afección en particular y ahí se contagió con Covid 19 y solo salió para ir al encuentro de sus padres, ya fallecidos, pero especialmente de su madre, que tanto extrañaba.

Luchó hasta el final, como el valiente hombre que era. Que enfrentó con hidalguía a algunos de sus colegas, que decían ser sus camaradas, pero que alguna vez hicieron mofa de su aspecto físico, que sin darse cuenta lo ridiculizaron, enviando regalos caricaturescos, al punto que afectó en su ánimo.

Transitaba brevemente por los pasillos universitarios, deseando pasar inadvertido, sin nunca saber si los que creía eran sus amigos, eran verdaderos, porque algunos le hicieron daño a su autoestima y a su vida que estaba matizada de tristeza, pero en su entorno, pocos lograron ver más allá de ese delantal blanco.

Cuando se enfermó muchos esperaban que saliera de ese estado que empeoró y avanzó negativamente, pero había fe y quienes le tenían aprecio no imaginaron este desenlace. Lloran su partida, más personas de las que él quizás podría haber imaginado, porque este hombre joven, tranquilo, minimizado por algunos de sus pares, tenía un gran corazón y ayudaba a quienes se lo pedían.

Trabajaba en un laboratorio junto al profesor Arnaldo Vilaxa, no molestaba a nadie, ni se preocupaba si le aumentarían o no el sueldo, porque amaba lo que hacía. Era humilde, para algunos tenía un humor especial, solidario y buen compañero, de niño adulto, que se escabullía para no estar tan presente ante quienes nunca dejaron de mostrarle la evidencia de lo que más le afectaba.

La vida es dolorosa, se vive como una procesión errante, cargando penas, frustraciones y angustia. Ya no es tiempo de lamentar esta pérdida para paliar las culpas. Quienes fueron responsables de su marginación, de su temor a ser feliz, a buscar su complemento que nunca tuvo, ojalá reflexionen y cambien su forma de ser, porque a veces la burla en las oficinas llega lejos. Vivimos sumergidos en los estereotipos y nunca sabemos el daño que podemos causar.

Hipólito ya no está. Su delantal blanco nunca más será parte de ese laboratorio, pero su alma se acompaña por quienes le dieron la vida y no pudieron protegerlo de lo que vivió siendo adulto, en un entorno dañino, generado por algunos de sus cercanos, que resultaron ser un virus humano que carcomió su silencio. Descansa en paz Hipólito. Llévate lo mejor que te pasó en este mundo terrenal. Lo demás, déjalo a sus autores.

La foto que acompaña esta nota es su última. Arnaldo Vilaxa (de pie) junto a Hipólito Núñez (sentado), en el laboratorio de microscopia de fluorescencia en la UTA.